Siempre ha sido de mi gusto una taza de café cargada con jengibre, y una buena charla. En mis días de ayer, (que ya diría de antier) ambas cosas las lograba con doña Sara Daza y doña Aura Carrillo de Luque. Con la primera lo conseguía cuando era invitado por Jaime Acuña, su hijo, con quien hacía correrías a caballo por las abiertas sabanas de Patillal. Con Aura, en los últimos años de mi bachillerato en el colegio Loperena, en aquél entonces uno de los mejores de Colombia.
Sus conversaciones eran sobre los últimos libros y autores que ocupaban sus lecturas sencillas, entre ellos recuerdo a Benito Pérez Galdós, Emilio Zolá, Alejo Carpentier y los poemas del bardo hispano García Lorca, el peruano Santos Chocano y Julio Florez, el vate de los cementerios y de las tabernas de las barriadas bogotanas cuando nacía el sigo XX.
Aura, en su casa de Valledupar, siempre me decía con tono de entusiasmo: “Algún día conocerás a Rafael”. Se refería a su hermano del primer matrimonio de su padre. En esas tardes, cuando el resol apagaba su fogaje, me sentaba con el pocillo de café entre mis manos para escucharla hablar sobre el mundo maravilloso que había vivido junto a él, en Bogotá, en la cual le había presentado a sus contertulios capitalinos como Darío Echandía, Gerardo Molina, Abel Naranjo Villegas, y algunos extranjeros entre quienes retengo a Janio Cuadros del Brasil, Arturo Uslar Pietri de Venezuela y Mariano Picón Salas de México.











