Algunas heridas no sangran, pero estremecen la existencia. Algunos golpes no solamente sacuden la vida de un ser humano, sino que hacen temblar las raíces de una familia, el corazón de un padre y la memoria colectiva de un pueblo. Son acontecimientos tan dolorosos que nos obligan a mirar hacia el cielo para preguntarnos por qué la vida, en su misteriosa perfección, permite que el infortunio se atraviese en medio de los sueños que apenas comienzan a florecer. Cortar la rama de un árbol es mucho más que separar una parte de su cuerpo: es interrumpir una historia que venía creciendo al amparo de sus raíces.
Una rama es el resultado de años de savia, de sol, de lluvia, de vientos soportados y de silencios compartidos con la tierra. Cada una representa una prolongación de la vida, una promesa de hojas, de sombras y de frutos. Por eso, cuando una rama se rompe, aunque el árbol conserve su tronco y otras ramas sobrevivan, algo de su arquitectura original desaparece para siempre. La naturaleza podrá multiplicar sus retoños, pero jamás podrá devolver exactamente aquella rama hacia la luz y los frutos que todavía estaban por venir.
Así sucede también con los hijos.



![Ante auditorios abarrotados, la autora conversó con Claudia Manotas (izquierda), propietaria de la Librería La Bienaventurada de Valledupar y promotora de la Feria del Libro de Valledupar; y con Alejandro Gaviria, escritor y exministro de Educación y de Salud. Fotos: Marco Prada [izq.] y X @agaviriau [der.].](https://elpilon2024.s3.us-west-2.amazonaws.com/2026/11/Sin-titulo-1200-x-480-px-2-1.webp)




