Cartagena había caído. Fueron ciento cinco días de asedio. Un montón de muertos por enfermedades y hambre cubría las callejas de la ciudad. Los cadáveres con los vientres soplados al sol reventaban expandiendo gases de pudrimiento por todos los ámbitos. Sobre el lomo de la muralla renegrida de sol y lluvia, un negro revuelo de zopilotes que planeaban en espiral, contrastaba con el cielo azulino de diciembre. Los soplos del mar revolvían los hedores de carne corrompida con el humo de los sahumerios de bija, trementina y de incienso con que algunos soldados españoles entrados a la ciudad, y unos paisanos que sobrevivieron a la tragedia, trataban de contener los brotes de la peste.
Los batallones de la Reconquista que mandaba el teniente general de los ejércitos del Rey, don Pablo Morillo Morillo, encontraron una ciudad devastada. Por eso levantaron toldas de campamento en los extramuros, mientras se regaba cal viva en ella y se sepultaban los muertos regados en los laberintos de las calles o se echaban mar adentro. Ahora vendrían los fusilamientos de los cabecillas de la insurrección que habían declarado la independencia, cinco años antes, en 1811.
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