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Crónica - 24 agosto, 2020

Simón Bolívar y sus historias de alcoba

La temprana viudez de Bolívar lo lleva a preocuparse de temas nuevos como el laberinto de la política. De ahí dio un paso a la idea de la emancipación y de ahí otro a ponerse la casaca militar.

Los criados subían los baúles a los aposentos dispuestos para el joven que llegaba a Madrid desde la distante Capitanía de Venezuela. El propio marqués Jerónimo Ústariz y Tovar salió hasta el porche de su mansión quitándose un guante para estrechar la mano del recién llegado, un jovenzuelo de 17 años nombrado Simón, para expresarle unas frases de bienvenida, como era de rigor entre gente con estatura social.

Suponía un esfuerzo atravesar el océano en un velero por dos meses y más, que duraba tal travesía, por cuanto el ama de llaves de tal casona había dispuesto una bañera de alabastro con aguas fragantes, una cena abundante, una rebosada copa de vino chacolí y una cama acolchada para el reposo del viajero.

El joven Simón Bolívar no era atractivo. Tenía una estatura pequeña, una cabeza un poco desproporcionada, ojos vivos, tez morena y cabellos negros. Su inmensa fortuna, y después su nombradía de victorioso guerrero, sería el panal para atraer damas amantes de la fama y del poder. Además, por sus venas corría la calenturienta sangre de su padre Juan Vicente Bolívar, que aún en la edad cincuentona tuvo algo más que coqueteos con algunas faldas caraqueñas, sin hacer reparos en la escala social de sus pretendidas, y hasta corrió el rumor que se refocilaba con sus negras esclavas.

Esa ardentía la habían heredado sus hijos Simón y María Antonia, porque esta fue la comidilla de la alta casta social de Caracas por sus aventuras con Felipe Martínez y Aragua, oidor de la Real Audiencia de allí, pese a que ella mantenía matrimonio con Pablo Sanclemente y Palacio, que por demás tenía altibajos de locura por una enfermedad congénita; y porque también cuando dicha María Antonia, ya con una edad otoñal de 60 años, había denunciado al joven artesano en carey, Ignacio Padrón, de 20 abriles, por haberle hurtado 10 mil pesos en oro, pero el acusado, ante el juez de la causa, exhibió las cartas de amor escritas por la denunciante, donde le hacía tal donativo a cambio de su asistencia como amante.

Pero… ya perdimos la ilación de nuestro relato central. Habíamos dejado a don Simón alojado en la casa de marqués de Ustariz, en Madrid. Antes, durante ese viaje que lo había llevado a España, el buque recaló en Veracruz, México, por tres semanas, tiempo en el cual el joven Simón tuvo unos fugaces amores con María Ignacia Rodríguez de Velazco y Osorio, la apodada ‘Güera’ (rubia) descendiente del virrey Azanza, “dama de armonioso cuerpo, de seductivos senos y caminar que alzaba incitaciones”.

Se conocieron en casa de una hermana de ella, la marquesa de Uluapa. Después la Güera- y esto es otra historia- repasó varios curas como Baristán, el clérigo Cerdena y el disoluto presbítero Juan Ramírez; también tuvo enredos con el sabio Alejandro Humboldt (de quien se decía que era un pederasta muy discreto) y hasta fue mujer de Agustín Iturbide, el rudo general y emperador de México.

EL AMOR Y EL VIUDO

Pero volvamos a Madrid. En tal ciudad los salones aristocráticos se abren para el protegido del marqués de Ustariz, y en una de aquellas veladas de besamanos y venias, el joven Simón conoce a una dama, dos años mayor que él, que lo impresionaría hasta obligarlo a una galante conquista, que con discreción es correspondida. Se trata de María Teresa Rodríguez del Toro, hija de Bernardo Rodríguez y Ascanio, caraqueño también, y pariente lejano del pretendiente. Para que se reposaran los bríos amorosos de los dos jóvenes, el padre se traslada con la hija a Bilbao, a donde lo sigue el pertinaz enamorado. De regreso de un viaje a París en 1802, Simón presenta su petición de enlace con esa “joya sin defectos, valiosa sin cálculo”, como él la valora.  

El matrimonio fue en La Coruña, puerto cantábrico, de donde surcan el mar con proa hacia Venezuela. Después de una corta permanencia en Caracas, van a residir en la Casa Grande de San Mateo, una hacienda de don Simón. Ocho meses duraría el idilio de los desposados. Unas calenturas de paludismo o de fiebre amarilla se llevaron a María Teresa. Desolado por esa tragedia, Bolívar le escribe a su amigo Alejandro Dehollain, así: “Ya no soy aquél dichoso que tantas veces cantaba el colmo de su felicidad con la posesión de mi Teresa. Ya la he perdido y con ella la vida de dulzura que gozaba mi pecho conmovido por el dios del amor”.

LEGADO

Pero volvamos a nuestra historia. En su segunda correría por Europa, ya viudo, también cae en las redes de cupido con una prima segunda de parte de los Aristiguieta. Se trata de Fanny Derviux du Villars, esposa divorciada del conde del mismo apellido, a quien Simón llama el “elixir de mi existencia”, y que residía en París. Algunos afirman que Fanny era apenas una intermediaria, que libre de la vigilancia marital traía y llevaba correspondencia de Bolívar a Teresa de Lisnay, a su vez compañera sentimental del peruano Mariano Tristán, quienes antes residían en Bilbao y después en París.

Según la versión que referimos, Bolívar había embarazado a Teresa de Lisnay un mes antes de casarse con María Teresa. De esta aventura habría nacido Flora Tristán, que llegaría a ser la precursora del socialismo en Europa, la misma que ideó el grito de “proletarios del mundo, uníos,” divisa que luego tomaron Marx y Lenin como frase de lucha. Un nieto de Flora fue Paul Gaugin, el célebre pintor amigo de Van Gogh, el mismo que pintó los famosos cuadros ‘Thaitianas en la Playa’, que lo afamaron en el mundo del arte.

Un día, no hace mucho, se divulgaron los documentos de Flora, conociéndose así que su madre, Teresa de Lisnay, le había confesado en su lecho de muerte que ella era hija de Simón Bolívar, revelación hecha al público en el siglo XX, cuando se había superado el complejo de dar a conocer el origen espurio del apellido, así fuera el del más famoso héroe de América.

EL GUERRERO

La temprana viudez de Bolívar lo lleva a preocuparse de temas nuevos como el laberinto de la política. De ahí dio un paso a la idea de la emancipación y de ahí otro a ponerse la casaca militar.

Ya hecho un guerrero, el 4 de agosto de 1813 en la primera Campaña Libertadora entró triunfante a Caracas en medio de la aclamación de los notables mantuanos (criollos adinerados) y de doce bellas jóvenes vestidas de vestales y de ninfas que lo coronan y le hacen escolta al templo de San Francisco donde se oficia un Te Deum. Esa noche, una de ellas, Josefina Machado, apodada ‘Pepa’, asistió a un sarao en la casa de Bolívar. De allí nació un romance, a disgusto de María Antonia Bolívar, que quería una mantuana distinguida para esposa de su hermano, y no la hija natural de un canario, por demás cosechero de cacao.

Los combates continúan con toda crudeza. El ‘Taita’ Boves y sus pardos desatan una guerra social contra los independentistas. Vencen en La Puerta, San Mateo, La Victoria, acercándose a Caracas.  El general Bolívar declara la guerra a muerte en Trujillo y ordena fusilar a 584 prisioneros en La Guaira y rematar a los heridos de un hospital. No es posible detener el desastre, entonces ordena el éxodo.

Pepa Machado y su madre se refugian en la isla danesa de Saint Thomas. En 1816, en el mes de abril, se planea la primera expedición de Los Cayos. Desde Haití, con la flotilla del corsario Luis Brion, Bolívar se prepara para salir de allí rumbo a Venezuela. Llama a Pepa para que se le una en esa aventura, pero pasan los días y ella tarda en llegar. Cuando eso sucede, dura cuatro días encerrado con ella en un camarote de la goleta ‘La Constitución’, retraso que malogra la acción armada sobre Carúpano estropeándose la ventaja de la sorpresa. Fracasada tal expedición, devuelve a Pepa a su refugio de Saint Thomas. Para 1818, parte de Venezuela está liberada. Simón Bolívar establece en Angosturas un gobierno republicano. Otra vez llama a Pepa Machado. Se restablece un cálido romance entre las fogatas de los campamentos de guerra. Pepa trabaja como enfermera e influye en las decisiones del gobierno a ciencia y paciencia de general Bolívar.

Desde Tame, las tropas republicanas suben por el páramo de Pisba, en suelos de Nueva Granada y triunfan en Boyacá. Santafé de Bogotá aclama al héroe. Este le escribe a Pepa Machado urgiendo su presencia. Desde la Guyana venezolana ella remonta el Orinoco, pero las fiebres la van consumiendo por la tuberculosis que padece. En Echagos, una aldea, no puede más. En la navidad de 1820 sus acompañantes excavan una tumba sobre el lomo de una colina y su cuerpo se deshace en el estero llanero.

Antes, en la campaña del bajo Magdalena en 1812, en los remansos del río se suscitó un galanteo poético entre el general Simón y Anita Benoit. Ella tenía 17 años, hija de franceses. En ese idioma declama sonetos, y el militar no se le queda a la zaga. La diosa Calíope de la poesía le dio fragancia a ese encuentro donde hubo comunión de espíritus cultivados que los llevaron a un letargo idílico, apartando en esos instantes voluptuosos al guerrero del olor acre de la pólvora. En Tenerife, Bolívar le atajó el impulso de seguirlo, tras la promesa de volver por ella.

Para 1816 se sabía de la expedición de reconquista de las colonias que se planeaba en España. Simón Bolívar sitia a Cartagena pretendiendo la cesión del mando de las tropas para preparar la defensa de la ciudad. Manuel del Castillo y Rada le niega la transmisión de los contingentes defensores, entonces el general se retira a Jamaica. En Kingston se aloja en casa de Rafael Pérez, su edecán.

La noche del 10 de diciembre, el negro Pío, que venía en su servicio desde Caracas, por el pago de dos mil pesos de oro que ofrece el jefe español Salvador Moxo, apuñala la hamaca donde dormía Simón Bolívar. El muerto fue José Felix Amestoy, quien cansado de esperar a este para recibir unas instrucciones, se acuesta allí. Esa noche nuestro general no fue a su casa por haberse quedado en la alcoba de Julia Cobier, en una casa vecina cuando caía un aguacero diluvial.

Ducadra Holtein, un francés, pregonó que un ascenso del general venezolano Carlos Soublette, como jefe del Estado Mayor del ejército, en 1818, fue el pago que hizo el Libertador por conquistar a Isabel Soublette, hermana del ascendido. Ella fue una de las que coronaron a Bolívar en su entrada triunfal a Caracas en 1813. Era blanca, de ojos azules y manos finas. El trato amoroso se dio en Caracas y después en Cartagena tras la emigración de 1814. De nuevo se encontrarían en Puerto Príncipe y más tarde en Angosturas.

En Ocaña había conocido a las hermanas Ibáñez. Quedó prendado de Bernardina, pero ella no atendió sus súplicas amorosas por estar prendada de otro. En Santafe de Bogotá, Bolívar corteja a Nicolasa, la que heredaría Santander, quien –dicho sea de paso– en un arrebato de celos trató de tirar desde un balcón de la casa de ella a José Ignacio de Márquez, una noche de 1833.

‘MANUELITA’

En la campaña libertadora de Ecuador y Perú, en 1822, en Palmira, tiene amores de aposento con Paulina García, y en Cali con la ‘Dama Incógnita’ porque permanecía cubierta con un velo para ocultar su rostro.

En el puerto de Guayaquil se da la mano con Joaquina Garaicoa Llaguna de 17 años. Allí hay lugar para 52 días de romance. El historiador Antonio Cacua Prada afirma la existencia de un hijo de ellos, que nació con retardo mental.

Antes de la batalla de Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824, conoce y conquista a Manuelita Madroño, joven con fama de presumida, de 18 años, a quien el general evocaría con nostalgia.

El 7 de febrero de 1825, Simón Bolívar hace su entrada triunfal a Lima. Un grupo de damas le lanzan coronas y guirnaldas. Entre ellas estaba Manuela Saenz de Thorne. En el sarao de esa noche comienza un idilio que haría historia. Un joven oficial español de apellido Delhuyart (hijo del químico que había descubierto el tustegno) la había raptado de un convento. No obstante, se había casado después con el doctor Thorne, un médico inglés, a quien abandona para irse hacer vida con el Libertador. El marido reclama a su mujer en los términos más fervientes, y como respuesta recibió la orden de salir del Perú. La opinión pública se ofende con ese abuso de poder, que el general trata de acallar enviándola  a Santafe de Bogotá con una escolta armada.

En el Alto Perú, Arequipa, en junio de 1825, en la recepción que le ofrecen le presentan a Paula Prado, “mujer de porte gitano y ojos negros que bailaba al taconeo moviendo brazos a la andaluza”. Con ella se solazó muchas noches.

Ya en el Cuzco, la imperial ciudad de los incas, unas damas le ciñen una corona de oro. Allí Francisca Subiaga Bernales, de 22 años, esposa del mestizo Agustín Gamarra, entra en entendimientos ocultos con el general Bolívar. Por alguna disputa de celos, ella por venganza, le disfraza la verdad al marido contándole a su manera el asedio del general venezolano, de donde vino una enemistad a muerte con el cholo, quien llegó a ser presidente de Perú.

En La Paz, donde duraría el mes de agosto de 1825, en un recital que le ofrecen se relaciona con Benedicta Nadal. Bella, tímida y buena danzante de valses. Sus amores con él fueron “intensos, de altos vuelos e hirvientes”.

Ana María Joaquina Costas, mujer casada y separada de un general argentino, en Potosí, en un baile de sarao susurra al oído del caraqueño que Luis Gandarillas trataría de asesinarlo en su lecho de reposo. Probada la aseveración, las puertas del corazón de Bolívar se abrieron. Hubo un hijo nombrado Pepe. Tres años más tarde, el Libertador confesó tal hecho a Pedro Perú de Lacroix, en Bucaramanga, dándole razones de no ser estéril por esa paternidad de Potosí.

Vuelto a Lima en 1826, en el puerto de El Callao entabla romance con Jeannette Harts, de 34 años, de ascendencia irlandesa. Sus encuentros fueron en el camarote de una fragata donde ella permanecía de viajera. Finaliza esta relación cuando la dama regresa a Chile. Para recuerdo de él, le da un retrato suyo en miniatura a ‘Carita’, como la llamaba, que ella conservaría hasta el fin de sus días.

Cuando el general Simón se vino otra vez a Santafe de Bogotá, a su espera estaba Manuela Sáenz. Vivía ella en una casa vecina al palacio de San Carlos, residencia del mandatario. Molestia había en los altos círculos de la ciudad porque tal señora influía en las disposiciones del gobierno. Vestía entonces una casaca de coronel y no se separaba de una esclava, corriéndose el comentario de una relación lésbica entre ellas. Un día, estando ausente Bolívar de la ciudad, Manuela organiza una fiesta y allí manda hacer un muñeco de trapo colocando un papel sobre el pecho que decía: “Francisco de Paula Santander, traidor”. Dio orden de un simulacro de fusilamiento de tal monigote a lo que se negó el oficial de servicio. Sabido del suceso inamistoso contra ese general, Bolívar se rio de ese hecho y dijo que eran cosas de su “amable loca”. Ella lo salvaría del atentado el 25 de septiembre de 1828, cuando un grupo de conspiradores trató de asesinarlo.

Salió a medio vestir del aposento a entretener a los complotados para dar tiempo a que el General se lanzara por una ventana hacia la calle para procurarse un escondite.

Cuando Simón Bolívar renuncia al mando y errático se vino a la Costa, en 1830, para que un buque lo llevara a Londres en busca de un tratamiento que curara su tisis, Manuelita cayó en la miseria. Un amigo la encontró en Paita, costa del Perú, vendiendo cigarros para su precaria manutención.

Anita Benoit, la francesita de Salamina, supo que su héroe bajaba por el río Magdalena casi agónico. Pensó que venía por ella en cumplimiento de la vieja promesa. Corrió a su encuentro a Santa Marta llevándole sus libros de poesía. Sólo llegó al alba del 18 de diciembre para encontrar un féretro, en la Casa de la Aduana, con el cuerpo yacente de su ídolo.

En San Pedro Alejandrino, tres días antes, el general Bolívar había escrito su romántico último adiós a Fanny de Villars. En uno de aquellos apartes decía: “Tú estás conmigo en los postreros latidos de mi vida, en las últimas fulguraciones de la conciencia. Adiós Fanny, todo ha terminado, juventud, ilusiones, risas y alegrías que se hunden en la nada, sólo quedas tú, una ilusión serafina señoreando el infinito, dominando la eternidad”.

Casa de campo Las Trinitarias, Minakálwa, (La Mina) territorio de la Sierra Nevada, julio 5, 2020    

Por: Rodolfo Ortega Montero