CRÓNICA

En un buque negrero

Ya se van posando sobre los palos de las gavias y de los juanetes del buque. Llama por sus nombres a los últimos tres hombres de su tripulación, y nadie le da voz de respuesta. Infla sus pulmones con todo el aire que pudieron atrapar, y con suavidad su dedo pisa el gatillo de un mosquete cuya boca sitúa debajo de su barbilla. Espantada sobre el mar, la turba de gallinazos voló con torpeza cuando el estruendo de la descarga trepidó en el disuelto cristal del nuevo día.

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En un buque negrero

En un buque negrero

Por: Rodolfo

@el_pilon

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Eran siete barcazas grandes que sobre el rasero de las aguas estaban anudadas a unos estacones de madera afincados en la playa. Esperaban la señal de alguien para irse al impulso de sus remos hacia un buque negrero que en el mar esperaba a una distancia de dos tiros añadidos de bombarda. Eran horas de baja marea y bonancible estaban las aguas del lugar.

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Como un cisne en reposo estaba el San Bartolomeu de Braganza, buque negrero de pabellón portugués, que esperaba una carga de negros bozales asaltados en sus montes y en sus aldehuelas nativas. Tres días llevaba en espera con las anclas bajas y el velamen caído frente a la ensenada de Chaguto, pequeño paraje del extenso territorio de Angola.

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