15 marzo, 2021

“¡Ay, doctor, mi vida ha sido sufrida!”

Ella es una mujer robusta, de baja estatura, que conserva su dicción tolimense al hablar. Ya camina lento, pese a su edad, 65 años. Parece que hubiera vivido muchos más.

-Ay doctor, como usted quiere que le cuente de mi vida, entonces para comenzar anote que la mía ha sido sufrida. Figúrese, a los tres años mi mamá me dejó con mi abuela, después de pelear con un hermano, y nos volvimos a ver cuando yo tenía diez años. Mi abuela fue la que me bautizó y me dio su nombre: Luz Marina, aunque siempre me han llamado ‘La niña’-.

Su voz se quiebra sin que suene llorosa, sus ojos acuciosos me buscan, los veo entre el espacio que queda entre la gorra que cubre su cabello y el tapaboca que arropa su boca y su nariz. Nos habíamos ubicado, para hablar, debajo de un palo de mango que dejaba traslucir la luz del sol entre su ramaje menguando por el verano.

-Yo nací en Santa Isabel, pero aparezco en la cédula de ciudadanía como si hubiera sucedido en Falan, ambos municipios del Tolima. Mi niñez y juventud la pasé entre Falan, San Fernando, donde aprendí a tirar machete, limpiar cafetales y cañaduzales; Armero, a recoger algodón; Líbano, Frías, y otros lugares de Caldas y Cundinamarca. El andar de finca en finca trabajando no me dio tiempo de ir con continuidad a la escuela, pero eso no me limitó para aprender a leer y escribir y reclamar, con vehemencia, mis derechos y los de mi familia.

A los 19 años ya tenía una niña y vivía con el padre de ella en Guarinocito, cerca de La Dorada, Caldas. Pero nos separamos, él se fue para los Llanos Orientales y yo me quedé trabajando en lo que podía. A los dos años regresó y me buscó, como yo estaba soltera y era el padre de mi hija, volví con él. No quería que se repitiera la historia de mi vida, no conocí a mi padre porque me abandonó después de que me procreó.

Mi marido era pescador en la ciénaga La Charca, de eso vivíamos, pero comenzó a darme mala vida después de haber nacido el niño. Cada ocho días se emborrachaba y me pegaba, hasta que hubo uno en el que me llené de rabia por todo lo que me hacía y le respondí. Llegó como siempre, borracho, y me pidió la comida, se la serví y cuando terminó de comer me agarró por los cabellos y barrió la casa y el patio conmigo.

Le respondí agarrando un cuchillo y haciéndole dos cortadas en el vientre, lo hice para defenderme porque iba a seguir golpeándome. Era que una mujer aprovechaba cuando estaba borracho para decirle que yo metía hombres en la casa mientras él no estaba. Esa noche me cansé de lo que vivía: se repetía lo que sucedió en mi infancia, mi abuela me dio tanto palo que creo que mudé la piel con la que nací.

Santa Isabel, Tolima. FOTO/CORTESÍA.

MUERTE Y LOCURA

Pese a que su familia se oponía a que volviera conmigo, lo hizo, pero creo que lo que buscaba era vengarse. Dejó de pegarme, pero me di cuenta de que usaba un cuchillo en la pretina, lo que no era costumbre en él, ya que solo lo tenía en sus manos cuando iba a pescar. Entonces me puse alerta para que no me fuera a matar, no dormía, me adelgacé y andaba ojerosa. Estaba pendiente de  cuando llegaba a la casa y lo veía sacar el cuchillo de la cintura y meterlo debajo de la almohada.

Me estaba acabando por la preocupación, por lo que planee irme del pueblo, hablé con una señora para que me cuidara los niños por unos días, mientras buscaba trabajo en otro lugar y me los llevaba. La madrugada que me fui esperé a que se saliera a pescar y después de estar segura de que no regresaría hasta la mañana siguiente, porque a veces se iba y volvía de manera inesperada, cargué con los muchachos, a la una de la mañana, para donde quien los cuidaría.

Esperé hasta las cuatro de la mañana cuando salió el primer taxi y me fui para La Dorada, llegué a la estación del tren y pregunté cuál era el próximo a pasar. Me dijeron que para Santa Marta y compré pasaje hasta Bosconia. Lo abordé a las nueve de la mañana y viajamos todo el día y la noche, porque hubo un derrumbe, tiempo en el que no comí nada, porque de los mil pesos que ahorré para irme, le dejé quinientos a la señora que cuidaba a los niños, y con el resto pagué el pasaje en el taxi y el del tren. Llegamos en la madrugada y me quedé en la estación, esperando a que amaneciera.

En ese lugar no conocía a nadie, pero apenas comenzaron a abrir los negocios, especialmente los restaurantes, salía a buscar trabajo, pero lo que me ofrecían como pago, no me servía ni para costear el arriendo. Para entonces debía tener menos de veinticinco años y no era maluca, entonces me fui para un café donde me empleé como mesera y ganaba un buen sueldo y propinas. Plata que fui guardando y comencé a mandar a mis hijos en Guarinocito.

Pero vea cómo son las cosas, la dueña del bar era de ese pueblo y una vez que viajó hasta allá fue a ver a mis hijos y regresó diciéndome que se estaban muriendo, enseguida me fui. Los encontré delgados y barrigones y después de discutir con el papá porque no se había preocupado por ellos, me los llevé para un médico en La Dorada, Caldas, y luego para Bosconia y Valledupar.

En Valledupar falleció la niña. Yo trabajaba atendiendo borrachos y los dejaba con alguien que los cuidaba. Ella se subió sobre una pila alta de cajas de tomate, de allá se fue al suelo golpeándose la base del cráneo. La mujer que los atendía los amenazó con pegarles si me decían lo que sucedió, por eso, cuando Blanca Yaneth comenzó a sufrir, ya era tarde.

Con su muerte comenzó a acabarse mi vida, vea doctor yo enloquecí. Me dediqué a tomar ron, a fumar, a tomar tinto, dejé de alimentarme, me olvidé de mi hijo, y terminé durmiendo en la calle, sin bañarme. Dos amigas me recogieron y después de asearme me encerraron en un cuarto, solo con la pantaleta puesta. Después de que me recuperé, mis amigas me dijeron que lo único que yo decía era: “Yo me voy con mi hija”.

Charca de Guarinocito. FOTO/CORTESÍA.

TRAICIÓN Y  OPORTUNIDADES

Me fui de Valledupar para Bosconia, ahí fue donde conocí a Camilo Torres, un hombre que igual que yo, recogía algodón. Nos enamoramos y nos fuimos para su pueblo, donde volví a conocer la infelicidad, porque él se fue a pescar por un sitio que le llaman La Raya, y de allá regresó con una mujer, era una peladita de 17. Yo tenía un poco más de 26 años.

La noche que los vi yo estaba bailando en la plaza, era una de las tantas fiestas patronales en ese pueblo, se fueron para la casa de su mamá, donde él vivía conmigo y mi hijo, lo supe porque los seguí con la vista. De inmediato me fui detrás de ellos y los encontré en la sala, sin saludar a nadie seguí para la cocina y me armé con un cuchillo, pero cuando volví ya no estaban. Doctor, soy hija de la violencia con la que nos criamos, hombres y mujeres, en este país, además, siempre he tenido un carácter fuerte.

 Seguro que le hubiera hecho daño a alguno porque estaba herida en mi orgullo de mujer, enceguecida por la burla a la que estaba sometida. Hasta salía a buscarlos como una fiera herida.

Imagínese que a mí no me avisaron de la muerte de mi vieja amada, mi abuela, porque sucedió mientras vivía en una finca con uno de mis tíos, con quien estando joven había tenido una fuerte discusión en la que amenazó con matarme con un machete. Yo le dije: “Si lo va hacer, procure no dejarme viva porque me lo llevo”. Tenía una tijera en la mano esperando a que me atacara. Mi familia temía que si volvíamos a vernos nos enfrentáramos.

Después, Camilo me amenazó de que si no salía de su casa me echaba la ropa a la calle porque quería mudarse para allá con su mujer, por lo que mi hijo y yo nos fuimos para donde una vecina. Entonces comenzó un nuevo calvario en mi vida: tuve que aprender a hacer bollos como ustedes los costeños. Comencé a trabajar por día en el monte, tirando machete, desmontando potreros, aprendí a abrir y componer pescado, en fin, a buscar la comida para mi hijo y para mí.

 Después, apareció Antonio y me fui a vivir con él, y tuvimos un hijo. Aún estamos juntos. Fíjese, doctor, cuando comencé esas relaciones, Camilo me celaba como el diablo a la cruz, pero ya para qué.

Un día cualquiera se me presentó mi hijo mayor, quien vive en La Guajira, y me dijo: “Mamá vamos a volver a donde su familia”. Yo no quería, pero me convenció. No sabía de ellos desde 1978, por lo que mi llegada causó la mayor sorpresa y alegría. Llegamos a Caparrapí y la familia organizó el reencuentro con mi madre que estaba en Guaduas, ambos en Cundinamarca.

Cuando me dijeron que ella ya estaba en Caparrapí, me puse nerviosa, hasta diarrea me dio. Y cuando la vi mis músculos se paralizaron, no podía moverme ni articular palabras, solo derramaba lágrimas.

Ella preguntó por qué no la saludaba, entonces una sobrina le dijo que estaba nerviosa porque nos habíamos encontrado, fue cuando se acercó, me tomó la cara, me besó y me dijo: “Ay mi niña, durante esos años que no supe de ti yo pensé que te habías muerto”. Nos abrazamos y llorando, le dije: “Mamá, yo también creía que lo estabas”-.

Ella es una mujer robusta, de baja estatura, que conserva su dicción tolimense al hablar. Ya camina lento, pese a su edad, 65 años. Parece que hubiera vivido muchos más, se lo digo y entonces me responde, levantándose del lugar donde se había sentado: “Ay doctor, con lo que me ha pasado en la vida, le ponen un poquito de argumento y le aseguro que hasta una buena novela hacen”.

POR: ÁLVARO ROJANO OSORIO/ EL PILÓN.