La jornada electoral del pasado 31 de mayo deja al descubierto verdades incómodas que el país no puede seguir evadiendo.
La primera es elemental, pero devastadora: la política, cuando pierde su sentido colectivo, se convierte en un campo de batalla de egos. ºY eso fue exactamente lo que ocurrió. Una sociedad no se fractura por la diferencia de ideas —eso es propio de la democracia—, se fractura cuando cada actor decide jugar para sí mismo, renunciando al propósito común. Cuando el “yo” se impone sobre el “nosotros”, el resultado es predecible: fragmentación, debilidad y derrota. La incapacidad de construir unidad le terminó pasando factura a quienes confundieron liderazgo con protagonismo y estrategia con cálculo individual.
La segunda lección es más profunda y exige menos arrogancia y más honestidad intelectual. Colombia no está dividida solo políticamente; está dividida estructuralmente. Existen territorios donde la pobreza, la informalidad, la debilidad institucional y la falta de oportunidades llevan décadas condicionando el comportamiento social y político. Allí, la política no se vive como un debate de ideas sino como una respuesta inmediata a necesidades urgentes. Ignorar esto sería un error. Pero romantizarlo también lo es. Porque cuando la política se reduce a resolver únicamente la urgencia, se corre el riesgo de perpetuar la dependencia en lugar de transformar realidades. Esa es la otra Colombia, donde ganó Cepeda y donde el gobierno de Petro sembró subsidios, dependencia y asistencialismo. Me refiero a los departamentos de la Regió n Caribe, Pacífica y Amazonía. Como también, a los barrios del surde Bogotá.











