La primera vez que observé a José Gregorio, a quien el papa acaba de ordenar su canonización, atravesaba silencioso la plaza de este pueblo. Lo hacía bajo el cielo brillante de las diez de la mañana y sin ampararse con las sombras espesas de los matarratones de la plaza. Y sin saber que era él, lo vi entrar a la casa del turco Cure. Entonces, como arrastrado por un magnetismo, me encaminé hacia allá.
Lo encontré sentado debajo de la media luna que divide la sala del comedor de la vivienda. Él lucía imperturbable y absorto. Mientras que el resto de las personas que estaban en la casa, silenciosos, rodeaban un altar engalanado con flores de coral.
De pronto se puso de pie y, dirigiéndose hacia la ventana desde donde lo observaba, pronunció mi nombre. Ramiro, y señaló: ¡Te estaba esperando!











