EDITORIAL

Riñas de jóvenes: ¿hasta qué nivel podrían escalar?

La verdadera gravedad del asunto es que muchos jóvenes estén dispuestos a matar o morir por los colores de una camiseta.

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Leyendo detenidamente el editorial de El Tiempo y auscultando la opinión de profesionales de las áreas sociales encontramos que la cruenta riña entre hinchas de Atlético Nacional y Junior de Barranquilla en el centro de Bogotá, que dejó dos personas muertas y varios heridos, es la más clara demostración de la normalización de la violencia para cualquier situación por muy irrelevante que esta parezca.

Es un error no darle la trascendencia a un hecho que comenzó como un encuentro entre grupos de aficionados, pero que escaló rápidamente a una persecución, enfrentamientos con armas blancas y finalmente disparos en plena vía pública.

Lo más preocupante es que no fue dentro de un estadio ni bajo la presión de un partido decisivo, fue en la calle, en la cotidianidad urbana, donde la vida perdió valor frente a unas razones absurdas desde todo punto de vista.

La verdadera gravedad del asunto es que muchos jóvenes estén dispuestos a matar o morir por los colores de una camiseta y es ahí donde debemos detenernos a pensar en la dimensión del asunto, porque eso pasa a un problema mayor que ya no se trata de pasión por el fútbol. En estos casos sería un pretexto disimulado de muchos jóvenes, y también personas muy adultas, que creen que es necesario pertenecer a “bandos” que justifican cualquier conducta como escape a sus frustraciones ocultas.

Lo hemos podido observar en el alto número de riñas tanto en Bogotá como en otras ciudades de Colombia, las cuales cada vez van en aumento y eso es lo más peligroso. Lo que ocurrió en la capital del país es la expresión más extrema de una cadena de violencias cotidianas que van desde la agresión verbal hasta el uso de armas. Y si esto ocurre por fútbol ¿hasta dónde puede escalar la violencia cuando la discusión gire en torno a otros temas de mayor sensibilidad, como la política, la cultura o las tensiones regionales?

¿hasta qué nivel se elevaría la conducta violenta de un joven o del grupo o bando al que pertenece? El análisis debe aterrizarse a regiones como Valledupar y el Caribe colombiano. Aquí, la identidad también es fuerte en lo musical, cultural, deportivo y por ello no estamos inmunes. Debemos desterrar la idea de que “eso pasa en otras ciudades” en razón a que las mismas dinámicas de exclusión, frustración juvenil y búsqueda de reconocimiento atraviesan todo el país, de las cuales nuestra ciudad no es ajena.

Es un tema que sobrepasa la capacidad de acción de las autoridades, en especial de la Policía Nacional, lo cual implica un compromiso institucional y de todos los entes sociales para encontrar la raíz del problema y entre todos combatirlo.

Válida la conclusión que le escuchamos a un analista deportivo cuando acertadamente afirmó que “ser hincha, ser costeño, ser colombiano, no puede seguir siendo entendido como estar en contra de otro”.

Qué triste que el fútbol, que debería ser un escenario de encuentro y de alegría, se ha convertido en un campo de batalla tanto simbólico como real y lo que más nos preocupa es que esas mismas conductas violentas de los jóvenes fanáticos del deporte, basadas en unas lógicas totalmente descabelladas, comiencen a replicarse en otros ámbitos de la vida nacional y que fácilmente podrían trasladarse a las regiones.

Duele decirlo, pero resulta muy triste y desconcertante que, así como hoy esos dos jóvenes murieron por una camiseta, mañana muchos podrían ser asesinados por cualquier otra bandera sin importar el grado de importancia de lo que está en disputa.

Nuestro mensaje final es que no dejemos o no permitamos que nuestras diferencias se conviertan en enemigos de los demás que no piensan o no tienen nuestros mismos gustos. Pero, además, analizar de fondo qué hay detrás de esas riñas callejeras.

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