EDITORIAL

No debemos normalizar la contaminación visual de la política

En tiempos de fervor político, a veces hace falta la mirada fresca de un visitante para descubrir aquello que la costumbre nos ha enseñado a ignorar.

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En tiempos de fervor político, a veces hace falta la mirada fresca de un visitante para descubrir aquello que la costumbre nos ha enseñado a ignorar. Una persona oriunda de Bogotá, que por estos días conoció Valledupar, quedó maravillada con su riqueza cultural, la calidez de su gente y la imponencia de la Sierra Nevada que abraza la ciudad. Sin embargo, entre tantas cosas buenas, no pudo disimular su inquietud por la excesiva presencia de publicidad política en las principales vías públicas de esta capital.

Sucede que, para quien llega de afuera, no resulta normal que avenidas, glorietas y postes estén copados por los mismos rostros, repetidos una y otra vez, como si vigilaran cada trayecto. “Pareciera que las caras de esos señores nos estuvieran mirando por donde quiera que anduviésemos para recordarnos lo que el pueblo debe hacer en estas elecciones”, comentó la visitante, agregando además que esas imágenes repetidas le evocaron el universo descrito en el libro 1984, de George Orwell, “donde el poder se manifiesta no solo a través de normas y discursos, sino también mediante la omnipresencia visual que controla y condiciona todo”, dijo.

Es cierto que la comparación puede parecer exagerada, pero se constituye en una observación muy pertinente en estos momentos si se tiene en cuenta que cuando la propaganda invade el espacio público hasta saturarlo, deja de ser simple información electoral para convertirse en un mensaje de fuerza, de dominio territorial, de poder exhibido sin pudor. Esa masiva presencia de publicidad política visual debe generarnos inquietud y no mostrarnos indiferentes frente a ella, hasta el punto de parecernos algo normal y válido.

Desde hace mucho rato, en Valledupar y en buena parte del Cesar, esta práctica se ha normalizado. Hemos aceptado la excesiva publicidad política como parte del proceso de elecciones, sin que haya un juicio de responsabilidad social al respecto. Se sabe que el objetivo que se persigue con la repetición constante de imágenes es posicionar nombres, fijar rostros en la memoria colectiva y transmitir la idea de que ciertos sectores políticos lo ocupan todo. Como consecuencia de eso, el espacio público, que debería ser de todos, termina convertido en vitrina casi exclusiva de quienes tienen mayor capacidad económica o logística para la propaganda electoral.

Resulta paradójico que tenga que venir alguien de afuera para despertarnos la capacidad de asombro. Tal vez la costumbre nos ha hecho perder sensibilidad frente a prácticas que merecen revisión. Es preciso advertir que no se está cuestionando el derecho legítimo de los candidatos a promocionar sus aspiraciones, el llamado es a revisar si ese exceso publicitario no termina afectando el equilibrio democrático y la estética urbana, e incluso enviando mensajes subliminales que subestiman la capacidad crítica del elector de nuestra región.

Es hora de recordarle a los candidatos y sectores políticos que el espacio público no puede convertirse en una competencia desmedida de vallas. Las autoridades competentes están llamadas a evaluar de manera pormenorizada el manejo de la publicidad política visual en Valledupar y en los demás municipios del Cesar. Es indispensable garantizar condiciones de igualdad para todos los candidatos, establecer límites claros y velar por el cumplimiento de las normas que regulan ese tipo de procesos.

A la ciudadanía también le corresponde recuperar su capacidad de análisis. La democracia no se fortalece con la saturación visual, esta debe consolidarse es con propuestas, debates y argumentos. El voto libre no necesita recordatorios excesivos como se observa en las calles de Valledupar, debería respetarse la capacidad de reflexión de la gente.

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