Las cifras son, a veces, espejismos estadísticos. Una suerte de consuelo matemático que pretende darle orden al caos que no se deja contar. Dicen que Valledupar vive hoy una bonanza laboral. Que el desempleo ha caído a cifras históricamente bajas. Que nos codeamos con las grandes ciudades en esta danza de la ocupación. Que 202.000 vallenatos tienen trabajo. Que apenas 17.000 buscan empleo sin encontrarlo. Que estamos mejor. Que hay motivos para celebrar.
Pero… ¿cómo creer lo que no se siente? ¿Cómo aceptar como cierta una realidad que, en la piel de la ciudad, no palpita? ¿Qué tipo de progreso es este que no se traduce en oportunidades reales, dignas, estables? ¿Qué victoria es esta que no celebra el joven que ha de irse a otras tierras porque aquí no le abrieron la puerta que soñó durante toda su carrera? ¿Qué cifra puede abrazar el alma de quien ha estudiado, resistido, persistido… y aun así, no encuentra dónde ejercer su vocación sin traicionar su propósito?
Hay algo profundamente desconcertante en ver cifras que no se parecen a la vida. En escuchar discursos de victoria mientras las esquinas murmuran derrota. En leer estadísticas alentadoras mientras los ojos de los jóvenes siguen suplicando una oportunidad. ¿Qué clase de verdad es esta que no alcanza a tocar la carne de la ciudad?











