Mi inocencia de aquel entonces no sabía diferenciar entre un espectáculo de fuegos artificiales y el estallido de una estación de Policía. Había ruido, gritos, llantos, muchos colores resplandecientes en el cielo y mil personas corriendo. Ese último detalle fue el que, con los años, me hizo entender que mi vivencia no se trataba de una celebración, sino que pertenecía a aquel año del dos mil veintiséis en el que la estación de Policía de mi pueblo fue bombardeada y que no todo lo que sonaba como cañones podía ser fuegos artificiales.
Al caer en cuenta, a pesar de mi edad ya prolongada y experimentada, en ese momento sentí que me habían robado la inocencia. ¿A quién se lo habría ocurrido semejante atrocidad? Mi cuerpo de ese entonces, que era flacucho, sin desarrollo, frágil y emotivo, jamás olvidará aquellos uniformados gritando de dolor; el recuerdo de las manchas rojas, vivas, que atropellaban la bandera, aquella que el colegio me había enseñado que solo consistía en tres colores y no en unas manchas extrañas que la distorsionaban.
El primer domingo de misa luego del suceso, el cura, por más que quiso concentrarse en la palabra del día, nos permitió notar que cualquier sonido, movimiento o escándalo lo hacía temblar de miedo. No paraba de hablar de aquellos hombres valientes que habían dado la vida custodiando nuestro pueblo. Era imposible no empatizar con el llanto desgarrador de las madres y esposas que cubrían sus cuerpos con una bandera blanca como símbolo, ante el país entero, de paz y tranquilidad. Ellas permitían entender que, aun después de todo lo sucedido, todavía esperaban perdón y restauración moral por el bien de su pueblo y de esos hombres que ellas educaron para amar, proteger al Estado y que, bajo la frase célebre de “Dios y patria”, ese mismo Estado les había fallado.





