A pesar de que en esta oportunidad las protestas que se desarrollan en Francia no precisamente buscan derrocar al actual Gobierno, sí tienen muchas similitudes con un levantamiento con repercusiones internacionales ocurrido en 1789 y que incluso sirvió como referencia para nuestra independencia, como lo fue la Revolución francesa.
Al igual que en el siglo XVIII, hoy en Francia el costo de la vida rebasa los estándares históricos, los salarios son deficientes con la consiguiente pérdida del poder adquisitivo, las pensiones son inequitativas y excluyentes, las élites políticas son insensibles a las necesidades colectivas y están de espaldas a posibles soluciones; en fin, una serie de problemas que inicialmente fueron soportados con cargo a los derechos y libertades cultivados a través de su historia, pero que precisamente son los que los llevan a utilizar la protesta como legítima expresión del descontento.
A diferencia de Francia, en Colombia vivimos una pacífica marcha el pasado 14 de octubre, en desacuerdo con las disposiciones del presidente de la República. Los afines al Gobierno dicen que precipitadamente los progresistas quieren que en dos meses se supere lo que ellos no pudieron hacer en cuatro años; estos, por su parte, dicen que los derechistas exigen que en cuatro años se cambien las costumbres políticas que silenciosamente aceptaron en doscientos.
Precipitadamente o no, lo cierto es que la anestesia mediática va a ser insuficiente para sofocar el descontento que está despertando en aquellos ciudadanos quienes, incautamente y en nombre de la seguridad, le apostaron a la puesta en escena de un muñequito con pistola al cinto y radio en la mano, haciendo shows que estructuralmente nada resuelven; pero que, al interior de sus limitaciones, ya comienzan a sufrir los rigores de los intereses ajenos.
Esos que prefieren aprobar la importación masiva de arroz, pollo, leche cuando no es lactosuero ya que este es más rentable, «plata es plata», e igualmente otros insumos que utilizamos para fortalecer nuestra seguridad alimentaria, apoyando la producción nacional de artículos de la canasta familiar, cuya masiva participación de las ganancias democratiza el poder adquisitivo, controlando la pobreza y la inflación, hoy en franco crecimiento.
Así ya comenzaron a sufrir los adultos mayores ante la incertidumbre de sus mesadas, los que devengan el salario vital y que votaron contra ellos mismos, los reprimidos violentamente por manifestarse contra la manipulación de la historia, los exempleados de grandes almacenes propiedad de arrepentidos derechistas, los que cada vez pueden comprar menos cosas, los que desprecian la parodia en que se han convertido los actos de gobierno. Ya hay mucha gente descontenta apenas comenzando el gobierno.






