Es impresionante que, faltando más de un año para elegir al próximo burgomaestre que regirá los destinos de nuestra municipalidad, ya resuenen tantos nombres en el eco de las calles vallenatas. ¿Precandidatos o candidatos? A estas alturas del teatro o drama electoral, ya ni siquiera sabemos qué es lo que son ―demasiada perorata―.
Lo cierto es que este panorama nos obliga a confrontar una experiencia dolorosamente actual, un espejo presente donde el poder, la burocracia, las políticas públicas, las decisiones más cruciales y hasta las esperanzas colectivas de los vallenatos parecen condicionadas a los hilos invisibles de un titiritero. Ante este panorama, la pregunta brota con la fuerza de una indignación contenida:
¿Nuevamente tenemos que pedir permiso, o es que acaso Valledupar se ha convertido en el feudo privado de unas cuantas voluntades?
