Para establecer un ranking sobre las condiciones económicas, sociales, políticas, democráticas, culturales, laborales, deportivas, científicas u otras categorías de un país, existen unos indicadores aceptados universalmente que nos permiten compararnos con otros así la sentencia diga que toda comparación es odiosa. Solo así podremos saber cómo estamos y estos resultados no admiten una interpretación diferente a la fáctica. Cuando se intenta negarlos o darles una lectura subjetiva se cae en el negacionismo, que es una enfermedad sociopática que puede afectar la salud mental de toda una nación. Eso nos está sucediendo.
Existe una estrategia retrógrada, con ayuda internacional, que le propone a Colombia un reencauche para tomarse el Estado, pero ahora con mayor descaro y teatralidad. El falangismo de Colombia, en cabeza de Abelardo de la Espriella, tiene una propuesta de pánico que implicaría la destrucción de lo poco que nos queda del Estado de Derecho; ni Uribe se atrevió a plantear tantas excentricidades. Él ha dicho lo que va a hacer, con “todas sus letras”, quien tenga oídos que oiga, así antes él haya dicho lo contario.
Lo filtrado de su Plan de Desarrollo es apocalíptico; eliminar 136 instituciones del Estado de un tajo y 700 mil puestos de trabajo, “hacer fracking a la lata y minería en los páramos”, es el anuncio de un sismo. Adiós a la matrícula gratis y a la restitución de tierras, los campesinos que lo lograron las perderán, la salud seguiría siendo el mejor negocio para unos cuantos, cárceles en vez de universidades, de nuevo los cadáveres flotarán en nuestros ríos. Los bates y machetes sustituirán a las calculadoras para destripar a todos los “oligofrénicos”, incluso a los propios amigos.
