Nació un primero de octubre de un año que no recuerdo y murió un diecinueve del mismo mes de un año que sí recuerdo, pero que no quiero recordar.
Mi padre la amó como dijo un día que toda su vida junto a ella había sido una poesía; sin embargo, ante su partida ahora solo vislumbra en el horizonte el frío del invierno y su cielo se ha vuelto gris como su barba y su pelo, arropado con una profunda melancolía, deseando con fervor que sus ojos se apaguen como se apaga la luz de los días que habita y que le llegan sin querer, después de combatir con su corazón toda la noche deseándola eterna.
Cuando llegó a su vida se entregó en cuerpo y alma a aquella sigilosa dama que, con su pelo rojizo, rubio y blanco, a la vez, atrapaba el viento, obligándolo a silbar para liberarse. Ni siquiera este, masoquista, escapó a su encanto, regresando a ella y enredándose entre sus cabellos y solo silbaba cuando tenía que marcharse. Parecía fría, pero su calidez y fecundidad fueron fecundas, valga la redundancia. Muchos hijos, muchas vidas dejó como recuerdo entre los recuerdos y él la ve regresar cada cierto tiempo, pues cuando sopla el viento sabe que es su aliento el que murmura y que solo él con nitidez la escucha.
Sus días junto a ella fueron como versos de un eterno poema, abordando juntos el paso del tiempo y la necesidad de aprovechar cada instante de ese presente antes de que quizás fuera demasiado tarde, porque bien sabía que después de ella solo vendría la vejez y la muerte. Ahora, cada vez que llega lo sigue invitando a vivir con intensidad, aunque él no quiera, a seguir con el viejo cariño que aún les queda flotando en el viento entre los suspiros de luz que parpadean. Pero, él ahora solo quiere que la vida continúe, que avance rauda como el mismo viento que le agita el pecho, esperando que estalle el corazón adentro, pero no, a pesar del frío que percibe y que espera que mañana llegue, se queda obnubilado observando con tristeza una hoja desprendida del árbol que baila al vaivén de la imperceptible brisa, suspendida en el tiempo, esperando que caiga al suelo y que se pose en la tierra donde se pudrirá pronto y entonces sigue mirando la hoja y se sigue mirando a él, porque él es la hoja. Quiere soltarse de la brisa, de aceptar el paso del tiempo y las transformaciones sin miedo ni resistencia.
Y ahora ve el árbol. Ve en él un espejo del desprendimiento que necesita hacer, representando el desapego y la sabiduría de la naturaleza, un espejo que deja ir sin aferrarse, olvidándose de cualquier vanidad y pensamiento. Y de nuevo vuelve a ver la hoja, se vuelve a ver y aún está suspendido en el tiempo abrazado a la brisa, suspendido en el tiempo. Me pregunto si será que piensa todo lo que digo que piensa, porque sé que piensa como yo la pienso. Aunque su amor es diferente al mío.
Ahora está aquí, pero pronto de nuevo se irá y llegará con su partida el frío, y la nieve en el cabello de mi padre se verá, mientras caen por fin las hojas desprendidas por el viento del árbol que se desnuda para recibir el llanto que pronto también caerá del cielo. Y ahora mira el cielo como si este pretendiera sorprenderlo con su trueno. Lloverá y después la naturaleza de las cosas seguirá radiante, indiferente al sufrimiento de cada quien que se indigna ante el destino y al paso de las estaciones que le arrebata al iluso sus ilusiones.
Llegará su recuerdo como llega la estación, desvaneciendo todo lo material a nuestro alrededor y haciéndonos ver más visible lo divino, aquello que no podemos ver. Y me refugiaré en mis libros y escarbaré entre ellos las historias que algún día me contaste, las leídas y no leídas o las que ya no pueden ser detenidas porque el tiempo, aunque no creo en él, se dará a la tarea de recordarte.
Por Jairo Mejía
