Nació un primero de octubre de un año que no recuerdo y murió un diecinueve del mismo mes de un año que sí recuerdo, pero que no quiero recordar.
Mi padre la amó como dijo un día que toda su vida junto a ella había sido una poesía; sin embargo, ante su partida ahora solo vislumbra en el horizonte el frío del invierno y su cielo se ha vuelto gris como su barba y su pelo, arropado con una profunda melancolía, deseando con fervor que sus ojos se apaguen como se apaga la luz de los días que habita y que le llegan sin querer, después de combatir con su corazón toda la noche deseándola eterna.
Cuando llegó a su vida se entregó en cuerpo y alma a aquella sigilosa dama que, con su pelo rojizo, rubio y blanco, a la vez, atrapaba el viento, obligándolo a silbar para liberarse. Ni siquiera este, masoquista, escapó a su encanto, regresando a ella y enredándose entre sus cabellos y solo silbaba cuando tenía que marcharse. Parecía fría, pero su calidez y fecundidad fueron fecundas, valga la redundancia. Muchos hijos, muchas vidas dejó como recuerdo entre los recuerdos y él la ve regresar cada cierto tiempo, pues cuando sopla el viento sabe que es su aliento el que murmura y que solo él con nitidez la escucha.





