Para ingresar al Hospital Universitario del Valle Evaristo García a especializarme en Cirugía General, me exigieron contrato de subvención de una institución oficial o privada que garantizara mi permanencia como médico residente exclusivo, cuyo propósito era evitar la deserción de los médicos que estudiaban especializaciones.
El Instituto Colombiano de Seguros Sociales (ICSS) me concedió comisión de estudios, gracias a la mediación de mi amiga, especialista en administración de la salud, que en Bogotá era subalterna −asistente principal− del subdirector nacional en salud del ICSS, que entonces era Rafael de Zubiría, quien después fue ministro de Salud y alcalde mayor de Bogotá.
El logro de la comisión de estudios no fue fácil. Pues vale contar los detalles por los cuales el ICSS me adjudicó la susodicha comisión: a mi amiga, a quien le pedí el favor, me dijo que la gestionaría a través de su jefe, que solicitó al ICSS de Valledupar la necesidad de especialistas en Cirugía General. La respuesta del jefe médico local fue que el departamento del Cesar estaba atiborrado de cirujanos. Tal información no le llegó al subdirector nacional de salud, porque mi amiga me instó a que sacara las copias de los archivos de Valledupar.
El subdirector financiero nacional del ICSS –aduciendo que en Colombia había suficientes médicos especialistas en cirugía general− revocó la resolución que me otorgaba la comisión de estudios. El doctor Rafael de Zubiría, a través de su asistente, mi amiga, me citó a Bogotá, donde me preguntó si yo era amigo de Anibal Martínez Zuleta (entonces contralor general de Colombia), Luis Roberto García Diazgranados (entonces viceministro del Trabajo, que presidía la junta directiva nacional del ICSS) y de Pepe Castro (entonces gobernador del departamento del Cesar). Luego de ratificarle mi amistad con los anteriores personajes, me invitó a almorzar con el director general del ICSS que entonces era Jorge Holguín Beplat. En el restaurante, Rafael de Zubiría, le dijo al director general: “Jorge, el contralor general del país, el viceministro del Trabajo y el gobernador del Cesar, me recomendaron que ayudara al doctor José Romero Churio y Vicente Apráes, inconsultamente, derogó mi resolución, mediante la cual el ICSS le otorga comisión de estudios para que se especialice en cirugía general en la Universidad del Valle”. “Doctor Romero, fue un desliz del subdirector financiero, usted ahora irá conmigo a mi oficina para que el ICSS le conceda la comisión de estudios”, me dijo el director general. En su oficina hizo llamar a Vicente Apráes, a quien le ordenó le diera paso a mi comisión de estudios. Que fueron dos años continuos como médico general de planta con salario de tiempo completo de ocho horas diarias. Además, me concedió una licencia por un año no remunerada para que terminara la especialización de cirugía general que entonces duraba tres años consecutivos.
A los pocos días de haber comenzado la especialización comenzó una huelga de médicos internos y residentes de los hospitales universitarios de las universidades públicas reclamando salarios y otras reivindicaciones. Le aclaré a los dirigentes nacionales de la huelga que no podía participar porque perdería la comisión de estudios, y entendieron mi postura ya que el objetivo principal de la huelga era obtener salarios.
En el mitin del inicio de paro indefinido −que duró más de un mes− con megáfono expliqué a todos los huelguistas el motivo por el cual iba a trabajar en los días de huelga. Los intransigentes, en la habitación donde dormía cuando estaba de turno me dejaban mensajes insultantes, en uno de los tantos que leí, decía: “Residente indigno lárgate de Cali antes de que te linchemos, es lo mínimo que mereces por traidor”. Algunos de los huelguistas me agredieron físicamente. Pero seguí cumpliendo mis labores sin comentarle a nadie las intimidaciones de mis colegas. Agradezco que durante el tiempo de la huelga aprendí mucho con mis profesores, quienes cuando terminó el paro me dieron un largo asueto.
Por José Romero Churio
