COLUMNA

Si la izquierda es una enfermedad, el crimen es una virtud

La izquierda y la derecha ideológica son dos vertientes filosóficas que miran y definen los problemas de la humanidad y sus soluciones de forma diferente.

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La izquierda y la derecha ideológica son dos vertientes filosóficas que miran y definen los problemas de la humanidad y sus soluciones de forma diferente. Cada una de ellas tiene su propio diccionario y lenguaje. Sin el principio de la contradicción, la vida no existiera, el metabolismo y la energía eléctrica son procesos de contradicción. Ninguna ideología es mala de suyo, los malos son los intolerantes. Claro, todas las ideologías tienen su parte patológica cuando rebasan su misión: la derecha puede caer en el fascismo y la izquierda en el estalinismo. 

La derecha colombiana, que siempre ha gobernado, ha estado enferma casi siempre: los “Chulavitas”, integrada por policías para matar liberales o la de “Sangre Negra” y otros criminales, también al servicio de la derecha, fueron las primeras versiones del paramilitarismo, aunque el primer “paraco” fue el general Santander. En muchas partes del mundo los cuerpos de seguridad del Estado han estado al servicio de estas prácticas criminales. ¿Cuál es la mejor ideología? La que más respete la vida y la naturaleza y busque la equidad social. Podemos hacer varias preguntas. 1ª) ¿Cuál de ellas beneficia a las mayorías? 2ª ¿Cuáles son los mejores métodos para imponer líneas de pensamiento? 3ª ¿Podrá la democracia garantizar el sano debate de las ideas? 4ª ¿El poder es hereditario o se conquista? 

Desde niños nos han enseñado que todo el poder viene de Dios, por eso las monarquías dominaron al mundo durante muchos siglos. En los primeros años de la vida republicana de los EE. UU. había dos familias muy poderosas: una hablaba con el pueblo y la otra con Dios, una escalera para gobernar. Asumir una ideología cualquiera nada tiene de patológico, se puede hacer por convicción, defensa de intereses o distorsión cognitiva, pero nadie debería morir por esta inclinación. Eso sí, nunca debemos izar una bandera ajena. En mi caso particular, he vivido muchos años bebiendo en las canteras de la izquierda y siento buena salud. 

¿A qué se debe esta disertación? Recientemente una pupila derechista, que llegó en un dron artillado al Senado, asistida por un maniqueísmo ideológico, dijo: “la izquierda es una enfermedad”. En Colombia no hay evidencias empíricas de esto porque en 200 años la izquierda nunca ha gobernado, está en la Casa de Nariño, pero sin poder. ¿Será que la comunión es un pecado? ¡Qué blasfemia! Ahora entiendo por qué la Unión Patriótica fue exterminada, la consideraban infecciosa. ¿También estarían enfermos los 7.836 muchachos de Bosa? La ONU dice que, al menos, son diez mil. Pero tocaba exterminarlos, padecían “uribestiosis” aguda. 

Esta afirmación es la mayor falacia que he escuchado. En cambio, la intolerancia ideológica sí es una enfermedad huérfana. Un fundamento básico de la izquierda es la búsqueda de la equidad y eso no es enfermizo. En cambio, compartir principios con gentes subjúdice si podría serlo. Dime con quien andas…. Creo que la flamante senadora tiene memoria selectiva; recuerdo que el senador Gallo, pareja de esta filósofa según me han dicho, fue condenado por paramilitarismo, esa sí una enfermedad mortal, creo que de eso murió, paraco hasta la sepultura sin ser genio ni figura. ¿Dónde estaba nuestra senadora para desconocer las andanzas de su marido? Cuando se carece de argumentos para combatir las tesis contrarias se acude a silogismos peligrosos. Afirmar que la izquierda es una enfermedad es un argumento prestado extraído de la “Filosofía de la miseria” de Pierre Proudhon. ¿Qué vendrá ahora? La tradición oral nos dice que, cuando los indígenas sonaban el cacho, era un anuncio de guerra. Ya apareció la operación Júpiter para “ganar con cara y sello”, esto es, utilizar todas las formas de lucha para recuperar el poder pleno; también toquemos el cacho porque si gana el paramilitarismo ya sabemos lo que viene, muchas madres llorarán a sus hijos.

Luis Napoleón de Armas P.

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