“Un hombre solo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo, cuando ha de ayudarle a levantarse”. Esta es una de las frases que se le atribuye a Gabriel García Márquez y que debe interpretarse con el hecho de que nadie debe sentirse superior a nadie.
Inicio con esta frase, queridos lectores, la que siempre me ha atraído hacia la reflexión cuando veo a veces que la humildad flojea y se hace perceptible con el comportamiento de alguien que se muestra con una armadura con la que aparenta ser más grande que los demás, pero que en la realidad la usa para disfrazar el temor a la insignificancia y la debilidad propia ante determinadas circunstancias.
Estamos ante una sociedad en la que aparentes mesías aparecen ante el llamado de un Dios (que solo ellos escuchan) para salvar a esta humanidad en decadencia y doliente. Se autoproclaman como los únicos salvadores del desastre que arropa a nuestra sociedad, plagada de odios, rencores, resentimientos; la que se divide y se despliega hacia franjas concentradas por la polarización. Los siguen adeptos que comparten sus ideales, por decirlo de alguna forma, aunque estén muy lejos de serlo: fanáticos cargados de ira, armados de violencia moral y resentimiento que los carcome y enceguece, no importándoles la verdadera humanidad de vivir con tolerancia en una sociedad resquebrajada por injusticias de antaño.
El sentirse superior a los demás ha sido desde tiempos inmemoriales un mal que afecta al hombre que por sus traumas prefiere, como lo expresé, escudarse tras una aparente armadura que simboliza fuerza y poder, irradiando un carácter superior hacia todos los que de una u otra forma se agrupan como sus seguidores, creyendo que siguen a un líder, cuando la realidad es otra. No es un fenómeno que pueda encontrarse solo a nuestro alrededor, pues el mundo está colmado de falsos líderes que no pasan de ser micro ególatras, colmados de más defectos que cualquier otro hombre común y corriente y, lo peor, para infortunio de muchos, contagian a otros con falsas promesas y expectativas, haciéndoles ver que solo ellos son los únicos que pueden cambiar el mundo, al menos, sus mundos. Pero son hombres que, a pesar de aparentar fortaleza y poder, están por dentro cargados de debilidades y temores, como también lo expresé, utilizando herramientas temporales a las que se han hecho a través del tiempo por diferentes medios; las que, en vez de utilizar para calmar, utilizan para agitar a hombres convulsos cargados de ira y rencor.
Muchos se autoproclaman ungidos o llamados por Dios; otros ni siquiera lo expresan, sino que van más allá desbordando cualquier discreción moral, manifestando que son los nuevos “JesucrisTrump”, a pesar de no creer en Dios, pero apelan al temor del hombre ante la fuerza que está a su disposición de manera temporal, tal vez olvidándose de que la verdadera grandeza de un hombre consiste en hacer que todos se sientan grandes y no haciendo sentir a todos los demás pequeños. Tal vez olvidando que unir es mejor, mil veces, que separar, pero siempre cabe la malinterpretada frase de que hay que dividir para reinar, haciendo resonar algunos una humildad hipócrita, desconociendo que es el más altanero de los orgullos, destilando arrogancia y olvidando, a la vez, que alguien arrogante jamás es sabio.
Quizás sea tiempo de, al menos, intentar reflexionar que, como hombres, debemos empezar a vivir seriamente por dentro para empezar a vivir más sencillamente por fuera, como dijo alguna vez Hemingway, recordándonos una reflexión sobre cómo promover la humildad. No nos dejemos contagiar, mis queridos lectores, de malignas fortalezas que solo hacen daño al alma y menoscaban nuestro espíritu; no nos dejemos contagiar de esa soberbia que ostentan hoy falsos profetas, salvadores aparentes del mundo, porque como dijo José de San Martín, la soberbia es una discapacidad que suele afectar a pobres infelices mortales que se encuentran de golpe con una miserable cuota de poder, y que es una consecuencia de la tendencia a despreciar lo que realmente se tiene, porque tal vez debamos reconocer que la desafortunada descendencia de la riqueza es el orgullo, la vanidad, la soberbia, la ostentación y la tiranía. Por eso hay que creer a aquellos que buscan la verdad y dudar de aquellos que manifiestan que la han encontrado.
