COLUMNA

Un milagro de Navidad…

Cada año, celebramos el nacimiento de un niño, que nació en un pesebre, gracias a que todos le cerraron las puertas a sus padres. Claro, Dios le habló a María y a José, pero, ¿quién ayuda a alguien, sin que Dios se le aparezca? ¿Quién obra por el milagro de un desconocido?

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Cada año, celebramos el nacimiento de un niño, que nació en un pesebre, gracias a que todos le cerraron las puertas a sus padres. Claro, Dios le habló a María y a José, pero, ¿quién ayuda a alguien, sin que Dios se le aparezca? ¿Quién obra por el milagro de un desconocido?

Cuando diciembre se acerca, comenzamos a sentir una energía diferente, a decir verdad, todas las personas nos alineamos con el deseo de compartir, visitar seres queridos, arreglar la casa, preparar cenas que evocan nuestra infancia, comprar regalos, y hacer cosas que, por lo general, no hacemos el resto del año. ¿Y por qué lo hacemos? De una forma u otra, sentimos en nuestro corazón el deseo de darle posada a Jesús, actuar con fe y hacer actos bondadosos por el prójimo. En Navidad, ya no importa ver o escuchar, en Navidad sentimos, creemos con el corazón y hacemos parte de milagros ajenos.

Un milagro de Navidad, es compartir lo que Dios nos ha dado, con otros que merecen recibir dicha bendición, para que la palabra de Dios se manifieste en sus vidas, gracias a nuestra intervención. Dios no pidió amar y ayudar al prójimo porque sí, o mirar la viga en nuestro ojo en lugar de la paja en el ajeno, por entretenimiento, no; lo hizo porque a través de nosotros, se materializa la obra de Dios en la tierra, pero infortunadamente, se han acabado los milagros, no vemos la intervención de Dios en nuestras vidas, ignorando que Dios dejó unos mandamientos, no para leer, ni recitar una y otra vez, sino para crear milagros, a través de ellos. 

Todos añoramos de una forma u otra volver al pasado, ya que evoca salud, unión familiar, amigos y prosperidad, pero olvidamos que así como en la tierra, se hizo algo que rompió el lazo con aquello que creíamos que nunca se iba a acabar, es aquí en la tierra, donde se cosechan frutos, a través de actos bondadosos, que crean milagros, en la humanidad.

Crea milagros en esta navidad, y así como aquellos que multiplicaron sus talentos, serás recompensado. De lo contrario, si enterramos nuestros talentos, terminaremos sin lo poco que teníamos. Tener un talento no es sólo tener dinero, no, algunos tienen el talento de la paciencia, o del orden, pero aún así, no ayudan a otros a ordenar algo en sus vidas, o a ser más calmados.

Cada día buscamos más a Dios, pero nos alejamos más del prójimo. Cada día esperamos recibir una bendición, pero nos convertimos en la maldición de otro, con nuestra mala actitud y despropósito. Recordemos que recibimos aquello que damos, no aquello que pedimos y rogamos.

 Identifica tus talentos y ponlos al servicio de los demás, sólo así, volverás a ver milagros en tu vida, siendo un protagonista activo lleno de fe, y no un observador pasivo, que critica, y sigue rogando a Dios, pero nunca lo ve.

Solemos creer que los milagros vienen del cielo, olvidando que Dios envió a su hijo, para que, siendo un hombre de carne y hueso, nos mostrara un estilo de vida, que, en lugar de recordar y recitar, debemos repetir e imitar. La historia de María y José cobra vida cada año, cada vez que alguien pide ayuda en la tierra, pero todos miran al cielo, esperando un milagro. Que tus palabras sean el milagro, que alguien necesita escuchar, vive con honestidad, prudencia y respeto, pues, a veces, tan sólo siendo correcto, harías un milagro, en la vida de alguien más.

Por: María Angélica Vega Aroca.

Psicóloga 

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