Desde hace varios meses y siguiendo los resultados de las encuestas, empecé a seguir cuidadosamente a Abelardo de la Espriella viendo que rápidamente se volvió una verdadera opción de poder. Sin embargo, siendo honesto con ustedes, cuando Paloma Valencia fue seleccionada como la candidata oficial del Centro Democrático —habiendo sido un fuerte seguidor de mi amigo Miguel Uribe—, llegué pronto a la conclusión de que, siendo una buena senadora, era mejor candidata. Dudaba y me cuestionaba si seguir apoyando a De la Espriella o si darle a Paloma la oportunidad. Estaba muy contento, lo hablaba con familiares y amigos, me alegraba ver que el Centro Democrático, el partido del presidente Uribe, se iba proyectando como una verdadera opción de poder.
Tengo claro, como se los he expresado, que Cepeda tiene un techo que ya está definido y su crecimiento es muy poco probable. Insisto en que el que pase con él a la segunda vuelta, ganará las elecciones presidenciales al tener la posibilidad de unir fuerzas para atajar a un nuevo gobierno desastroso de la izquierda. Pues bien, el domingo 8 de marzo, el día de elecciones al Congreso y de las consultas para elegir candidatos, decidí votar por la gran consulta -antes no pensaba hacerlo-, para apoyar a Paloma Valencia. No me arrepiento, por el contrario, la noche de su elección pensé más en desligarme de Abelardo y seguir acompañando a Valencia. Hasta ahí todo bien, pero no imaginaba entonces que vendría un aterrizaje de barriga.
Los medios empezaron a inflar a Oviedo. Quedó de segundo y lo cubrían más que a la misma Paloma, la ganadora. Oviedo se creyó el cuento de que tiene fuerza para gobernar el mundo; su inexperiencia en los temas políticos, que demostró ser enorme, lo afectó mucho. Empezó a despotricar de Uribe y a alabar al mal llamado proceso de paz con las nunca extintas FARC, al igual que al esperpento de la Justicia Especial para la Paz -JEP-. El que quedó de segundo, el segundón, el que no ganó, el que fue triplicado en votación, terminó poniendo condiciones y “mandando la parada” en esa consulta.
Lástima, Paloma se doblegó, se le entregó a Oviedo, a ese centro que no existe -sino que es una izquierda vergonzante-, y nos dejó a miles, solitos y en busca del camino para regresar a las toldas de Abelardo. Entendí que nunca debí haber pensado en irme, que tampoco debí votar esa consulta, que mi lugar está del lado de quienes somos de derecha y no tememos afirmarlo ni defenderla. Lástima, se perdió una linda oportunidad para acudir a un empresario o inclusive a Juan Carlos Pinzón, Paloma quedó en manos de un mamerto, poco serio, que ahora funge de ganador de la gran consulta, y el mismo que, de resultar elegido, le destrozará el gobierno, será su peor pesadilla.
Por el otro lado, Abelardo designó a un peso pesado, de los que nos gustan, tecnócrata, honesto, íntegro, a José Manuel Restrepo, un superministro de Duque, que puso la casa en orden durante la pandemia, que lideró 2 ministerios con altura intelectual y al que no le tembló la mano en los momentos difíciles. Otro rosarista, como Oviedo, pero serio, estudioso de los temas nacionales y muy competente para seguir después 4 años en la presidencia. Fue mi profesor de Micro y de Macroeconomía, síndico, vicerrector y rector del querido claustro de la Jiménez con Séptima de Bogotá. Otra razón más para estar de nuevo con Abelardo. Éxitos a esta dupla que se complementa bien, que tiene todo por delante para ganar.
Mientras tanto, mi esposa y yo lamentamos el reciente fallecimiento de Daniela Zuleta Gnecco. Daniela, de escasos 15 años, fue nuestra estudiante en el Gimnasio del Norte durante el tiempo en que dirigimos ese querido colegio. A sus padres, a su hermana, a sus compañeros, a sus demás familiares y amigos, a toda la comunidad Gimnorte, les hacemos llegar un abrazo solidario, cariñoso. A la distancia los hemos acompañado en este momento difícil y doloroso. Que Dios le dé paz y tranquilidad a su familia y que Daniela, al lado del Padre, cuide de todos nosotros. ¡Hasta siempre, descansa en paz, Daniela!
Por Jorge Eduardo Ávila
