Un personaje misterioso surgió. Su voz resonaba con autoridad y sus constantes invitaciones a la conversión hacían eco en las conciencias de quienes le escuchaban. El mensaje era claro: había que preparar el camino, enderezando los senderos de la propia vida para recibir al Enviado de Dios.
La austeridad y la autoridad de aquél hombre llamaban la atención de todos y eran muchedumbre los que acudían a recibir de sus manos el bautismo. Era diferente a los otros maestros, no le interesaba el lujo en el comer ni en el vestir, no disfrazaba la verdad (ni siquiera ante el rey Herodes, a quien abiertamente denunciaba), no se apegaba al externo cumplimiento de una ley, sino que invitaba a la conversión del corazón. “¿No será él el Mesías?”, Pregunta el pueblo, pero Juan se apresura a declarar: “… detrás de mí viene alguien más poderoso que yo, al que no soy digno ni de desatarle la correa de las sandalias”.
Hoy la liturgia de la Iglesia pone ante nuestros ojos la escena del Jordán. Acerquémonos a ella y descubramos, bajo la guía del Espíritu Santo, algunas enseñanzas para nuestra vida:





