COLUMNA

Tres monólogos poéticos en tiempo de Festival

Un juglar me tomó en sus manos, bendijo los amaneceres mestizos del canto y en el lomo silvestre del camino me puso un alma vallenata. Acompañé la orgía matinal de la rosa.

canal de WhatsApp

El acordeón en su tierra prometida: La errancia es el camino que se abre a los designios escritos del profeta. Silencioso anduve sobre las leguas del mar hasta que llegué al puerto de las flores prometidas. Un juglar me tomó en sus manos, bendijo los amaneceres mestizos del canto y en el lomo silvestre del camino me puso un alma vallenata. Acompañé la orgía matinal de la rosa. Descubrí   parajes florecidos en las fatigas del verano. Desterré la tristeza a una tumba lejana de los oídos de los caminantes.

Agazapado estuve en el perfume de la noche, esperando las puertas abiertas de la primavera. Ahora soy rey en esplendor, bajo este cielo de música y leyenda. Cuando pienso en los dedos maestros del juglar, derramo espigas de miel sobre los surcos que me anticipan, para que un bosque de versos y melodías sea refugio de las veneradas parrandas de este Valle del Caribe de Colombia. 

Monólogo de la Cacica Consuelo: Sólo fui una mujer temerosa del Supremo Redentor. Decidida en las bondades del trabajo, logré vencer el cansancio de las horas. Me soñaba serena en la fragilidad de los atardeceres, atada a la graciosa aventura de los nietos.  Afortunada de no tener pies de barro anduve sobre los estambres de la lluvia para embellecer los designios de la muerte. Abrí mi corazón para orientar a los juglares hacia la pirámide mestiza de la fiesta.

Dejé flores de alegría regadas en el rebuje sonoro del tambor: glorioso fragor de tardes piloneras evocando el rito ancestral del maíz. La música fue un candor de primavera en el edén interrumpido de mi tiempo. Una nota triste me hablaba en el alma con el hondo gemido de un Palenque. Amé el Guatapurí que guarda con sigilo una leyenda, y al bosque amarillo que vigila los sueños donde el ave que canta no se ve. 

Generosos han sido ustedes conmigo. Los elogios son alas para la levedad del espíritu. La pureza es una virtud de los ángeles. Fui luz intensa en mis aciertos y débil sombra en mis errores. De luz y sombra somos todos. 

Monólogo de Francisco el Hombre: He vuelto en busca de mis pasos perdidos. Mis pies eran luceros trasnochando las flores del camino. Mi nombre quedó en el abecedario de los pueblos.  Yo era profanador del tedio pastoril y sembrador de música en la aurora.  

Al final de una parranda, casi interminable, un río de alcohol navegaba en mi cabeza   y perdí el camino en mi regreso. Mis pies cansados acomodan mi cuerpo sobre las raíces de un árbol gigante; en el umbral del delirio, débiles suenan las teclas de mi acordeón y escucho que alguien repica mis notas.   Entre el miedo y asombro emerge de mi corazón cristiano un soplo iluminado para tocar y rezar El Credo, como Dios manda.   Hubo una larga quietud en el viento y en mi alma.   Estuve dormido no sé por cuánto tiempo, y después pude encontrar el camino de regreso. 

 Por José Atuesta Mindiola 

TE PUEDE INTERESAR