¿Podríamos decir que la modernidad une a la humanidad? Tal vez sí, pero hablamos de una unidad paradójica, la unidad de la desunión, una que nos arroja a todos en una vorágine de perpetua desintegración y renovación, de lucha y contradicción, de ambigüedad y angustia. Ser modernos es formar parte de un universo en el que, como dijo Marx, “todo lo sólido se desvanece en el aire”.
Este inicio, queridos lectores, lo he tomado del libro que lleva por título esta columna, al cual, sin intentar plagiar ni mucho menos el mismo, he querido hacer alusión a él ante la realidad de una amenaza a nuestra historia y tradiciones destacando circunstancias que aún hoy preocupan a pesar del paso del tiempo como se plasmó en el Manifiesto Comunista.
Pero quiero dejar a un lado el análisis que se pretendió dar al reflexionar o al menos intentar hacerlo, desde ese enfoque filosófico o político, por decirlo de alguna manera, asociando al capitalismo con la amenaza a nuestras tradiciones, implicando con ello factores de cultura, entre otros. Si intentamos realizar una retrospectiva crítica y objetiva y recorremos de manera rauda el progreso y avance de la humanidad podemos encontrar y advertir que es un paisaje sumamente desarrollado en procura del bienestar del hombre, en el que sin duda tiene lugar la experiencia moderna.
Antes los hombres y pensadores de antaño veían un paisaje colmado de máquinas de vapor, de fábricas e industrias automáticas, acero, hierro y madera dispuestos en las vías férreas, ciudades que crecían de forma desenfrenada de la noche a la mañana, pero a un costo humano pavoroso; antes veían diarios, telegramas, telégrafos, teléfonos y otros medios de comunicación de masas que informaban a una escala cada vez más amplia; veían unos Estados nacionales y acumulaciones multinacionales de capital cada vez más fuertes; veían movimientos sociales de masas que luchaban contra esa modernización desde arriba con sus propias formas de modernización desde abajo; veían (y aún se ve) un mercado mundial siempre en expansión que lo abarca todo, capaz del crecimiento más espectacular, capaz de un despilfarro y una devastación espantosos, capaz de todo salvo de ofrecer solidez y estabilidad.
Decía, de igual forma, Marshall Berman en su libro que todos los grandes modernistas atacaban apasionadamente ese entorno, tratando de destrozarlo o hacerlo añicos desde dentro; sin embargo, todos se encontraban (y aún se encuentran) muy cómodos en él, sensibles a sus posibilidades, afirmativos incluso en sus negaciones radicales, juguetones e irónicos incluso en sus momentos de mayor seriedad y profundidad.
¿Qué nos queda, queridos lectores? ¿Qué tenemos, queridos lectores? ¿Qué nos puede quedar, queridos lectores? Preguntas cargadas de angustia ante la era modernista que nos arropa y ahoga, no sin darnos cuenta, pues desde hace mucho tiempo la vemos, que, sin embargo, queremos seguir arriesgándonos lanzándonos a un río turbulento sin saber si podremos emerger de él con la cabeza en alto e intentar dar brazadas para sobrevivir en una corriente desenfrenada de caos disfrazado en tal vez una nueva era modernista que nos une en desunión paradójicamente de forma contradictoria.
Aunque las clases dominantes y los que se proclaman todopoderosos consideran que el mundo, como en aquel entonces, hace un par de siglos, siempre será y volverá a ser sólido, lo cierto es que no todo está claro, o más bien, todo está bastante claro, pues debemos ser conscientes de factores que alteran la convivencia del hombre en una sociedad cada vez más envuelta por una revolución modernista que no deja de expandirse sin importar el costo humano que signifique. Tradiciones, costumbres, sentimientos y emociones se seguirán esfumando ante la utopía de la creencia de otros de que habrá un mañana que permitirá la unión y supervivencia del hombre.
Por eso, queridos lectores, los invito a reflexionar en que aunque el dominio del hombre sobre la naturaleza es cada vez mayor, al mismo tiempo vemos con horror que hasta la pura luz de la ciencia parece no poder brillar más que sobre el fondo tenebroso de la ignorancia.
Por: Jairo Mejía
