Cicerón, en sus discursos contra Catalina para lamentar la corrupción, la decadencia moral y la falta de valores de su época, utilizó esta famosa locución latina: ¡O tempora, o mores! Hoy, creo que debería volver a emplearse y pronunciarse con voz muy alta, lamentando que las costumbres se están perdiendo y que es un tema recurrente en la historia humana.
Los cristianos, para esta época, conmemoran la pasión, muerte y resurrección de Jesús en la Semana Santa, aceptándola como la celebración más importante de su credo, en donde se invita a vivir estos días como un espacio de reflexión, entre oraciones y tradiciones de recogimiento. Sin embargo, el cambio social en los últimos tiempos ha ido desplazando tales actividades a otras como un momento para vacaciones, dejando de fomentarse la oración personal y colectiva.
A pesar de que en muchos lugares se mantienen vigentes algunas costumbres, tampoco es menos cierto que el cambio social ha impulsado más la elección de irse de vacaciones que asistir a un evento religioso, llámese misas, eucaristías, viacrucis, visitas a monumentos y a figuras erigidas en honor a santos y vírgenes; e incluso, hasta este tiempo lo utilizan como proselitismo político algunos candidatos que aspiran a dirigir los designios políticos de los colombianos. Como decía mi abuela, si no lo hacen por devoción, se consumirán en el fuego del infierno.
Pero, ya no nos extraña casi nada, pues la pérdida de valores sociales y morales se ve como algo inherente en la evolución del hombre, lo que más bien debería denominarse involución; y cuando se trata de primar intereses, a quién le importa lo que se destruye, y más cuando los objetos destruidos son algo abstracto, como los valores. Solo resta pensar en un inaplicable y cada día más en desuso acto de contrición, en donde a diario, pecamos, rezamos y empatamos.
Los cuentos e historias narradas por nuestros abuelos en los tiempos de Semana Santa, hoy de ellos solo quedan los recuerdos; ya nadie cree que el diablo anda suelto en estos días, porque hace tiempo que lo está, haciendo de las suyas, deambulando junto a sus legiones de demonios, apoderándose cada día más de este mundo indolente y ya para nada creyente. Creo, con tristeza, que dentro de muy poco santiguarse será algo visto con extrañeza entre las futuras generaciones, señales en desuso que solo causarán curiosidad en algunos pocos que tendrán la osadía de preguntar a sus mayores qué significan las mismas.
¡Ah, pero eso sí!, cuando la enfermedad, la desdicha, la desgracia, la calamidad y el infortunio nos llegan y nos tocan el cuerpo y hasta el alma, en la que no creemos, entonces nos invade el miedo y la impotencia y ahí sí nos acordamos, cuáles cobardes, de que existe un Dios o como lo llamen, que puede venir a aliviar nuestros pesares y conjurar nuestras penurias temporales. Eso somos, queridos lectores, personas falsas y farsantes que aparentamos una virtud que no poseemos.
Y hoy por ello, por qué no gritar ¡O tempora, o mores! Para denunciar la perversión de las costumbres. Tal vez, nos quejamos de los cambios culturales, de la moda, del comportamiento de la juventud o de la corrupción política, ¿y qué hacemos para cambiar? Nada, solo aceptamos dichos cambios y nos referimos a veces con jocosidad a ellos mientras sucumbimos indiferentes en la decadencia moral mucho más cada día.
Hoy, queridos lectores, los invito a reflexionar en silencio en estos días sobre nuestras costumbres y tradiciones e intentemos respetarlas, que las mismas no se desvanezcan en el recuerdo fugaz de un colectivo social que se desmorona en la inmoralidad y entre la corrupción, con el presagio y la promesa de un futuro halagüeño, pero carente y casi nulo de principios y valores.
Por: Jairo Mejía
