Cuando comencé a trabajar en el Hospital Rosario Pumarejo de López (HRPL), según el censo del DANE de 1973, el municipio de Valledupar tenía aproximadamente 100.000 habitantes, más los residentes en territorios vecinos. Había carencia de profesionales de la salud, siendo más notoria la falta de médicos especialistas. Un médico internista (Marcelo Calderón Rodríguez, afortunadamente, con notable conocimiento de cardiología), un psiquiatra (Hugo Soto Cabrera), un urólogo (Roberto Latorre), tres ginecobstetras (Hermes Pumarejo, Guillermo Bernal Domínguez y Alejandro Casalins), tres pediatras (Celedón Benjumea, Ricardo Salcedo y Gabriel Jiménez), dos anestesiólogos (Luis Octavio Garzón y Luis Guillermo Zabaleta) y cuatro cirujanos generales (Alcides Martínez Calderón, Cristóbal Celedón Ramírez, Gil Aguancha y Manuel Gutiérrez Acosta, este último no hacía turnos de urgencias).
En el primer turno que hice en el servicio de urgencias del HRPL, se presentó el cirujano Manuel Gutiérrez Acosta, quien buscaba a un paciente que había remitido de su consultorio privado para operarlo por apendicitis aguda. Le dije que no había llegado el paciente remitido. “A lo mejor se fue a operar a Barranquilla”, me comentó el doctor Manuel Gutiérrez; sin embargo, al revisar el registro de atención, encontramos anotado el nombre de Calixto Alvarado Ballesteros, con diagnóstico de colitis amebiana. Pues, concluimos que había solicitado atención de urgencias, omitiendo la remisión del doctor Manuel Gutiérrez Acosta, con quien desde ese día establecí una gran amistad solidaria.
A mi casa se presentó Calixto Alvarado -más conocido como Calixto Ballesteros– con una caja de whisky Grand Old Parr como regalo en agradecimiento por la atención que le había prestado; no obstante, le censuré el tremendo riesgo que había corrido al ignorar el diagnóstico de un médico con más experiencia. Cordialmente, me dijo: “Dotor Romero, usted como médico bien sabe el miedo que genera una operación y el susto se agrava si la cirugía es urgente. Aproveché la oportunidad para que usted me examinara y el tratamiento que me recetó fue acertado porque me encuentro bien”. Su argumento me conmovió. Si me muestra la remisión, sin examinarlo, lo habría trasladado a la sala prequirúrgica. Con Calixto tuve una grata amistad. Él y su familia me recomendaron a muchos pacientes. La señora Carmen Bolaños, la esposa de Calixto, me confesó que él pidió mi atención cuando sufrió el accidente cerebrovascular que le causó la muerte (q. e. p. d.) mi evocado amigo.
Algunos especialistas que atendían las urgencias demoraban mucho tiempo para acudir al hospital a prestar sus servicios, y a veces hacían caso omiso al llamado de los médicos generales de turno, lo cual nos obligaba a realizar procedimientos pertinentes a los especialistas. Lógicamente, con previo consentimiento informado de los pacientes que no tenían recursos para buscar atención de especialistas en otra parte.
En una ocasión −domingo en horas de la mañana−, recibí un herido por arma de fuego con orificio de entrada a nivel del ombligo y el proyectil se le palpaba subcutáneamente en la región lumbar aledaña a la columna vertebral. Después de prestarle la atención preliminar y hacerle los exámenes paraclínicos correspondientes, le solicité valoración por el cirujano de turno. El cirujano no acudió a mi llamada, ni los familiares encontraron otro cirujano para que le prestara atención al herido. Seis horas después reexaminé al paciente y le encontré una equimosis desde la penetración del proyectil hasta donde estaba ubicado subcutáneamente. Con signos vitales estables y el abdomen normal, le suministré dieta corriente oral y la toleró sin problemas. En la radiografía de abdomen observé que la bala estaba aplastada, porque había atravesado la hebilla del fajón del paciente y, por el aplanamiento, se deslizó subcutáneamente.
Con anestesia local extraje la bala. Por la pequeña cirugía se le cobró $3.000 (tres mil pesos) y el paciente, espontáneamente, adicionó $30.000 (treinta mil pesos).
Por: José Romero Churio
