Cómo negar el inmenso dolor que he padecido en estos días a raíz del deceso de mi cuñada, comadre y compañera permanente por espacio de más de medio siglo en nuestro hogar, María Luisa Morón Oñate, cariñosamente conocida por todos como “Tía Icha”, la otra mamá de mis hijos y otra abuela de mis nietos; ella era única, llena de caprichos pero con un montón de virtudes que opacaban sus defectos, era toda amor y ternura, pero especialmente se extremaba con mis hijos y nietos, los atendió en todas las etapas de sus vidas, desde su nacimiento prodigándoles ternura, cambiándole los pañales, preparándoles los alimentos, dándoles a sus horas exactas las medicinas, los bañaba y no aceptaba que nadie lo hiciera y cuando nacieron Sofía y Sara en Houston, allá fue a dar para atenderlos con Mercy y no se vinieron hasta cuando dos o tres meses después las dejaron bien instaladas y atendidas por su mamá, mi hija adorada Meche, que hasta el último instante de su existencia la acompañó, pues era —y no lo ocultaba— su nieta preferida, la hija que nunca tuvo, pues por cosas de la vida, tal vez por estar entregada en cuerpo y alma a mi familia, no logró casarse y conformar un hogar.
Cuánta falta nos hace María Luisa, como yo le decía, o la “Tía Icha” de todos, ella era el motor de mi casa, intervenía en todo, en todo se metía, ella era quien daba órdenes de toda clase, ella hacia el mercado, el menú diario, los arroces de pollo o camarones eran hechos por ella en forma exclusiva, al igual que la torta de maduro, para no hablar del infaltable y rico tinto que a las 6 de la mañana ya estaba listo con su sello delicioso.
Era dulce, suave, amorosa, pero de un carácter fuerte y cuando excepcionalmente como buena y furibunda pacífica, pueblo al que adoró, exclamaba pa´jodete, no había qué hacer y se volvía loca de alegría cuando bailaba con destreza como buena pacífica oyendo el himno pacífico de Emiro Zuleta, “La Paz es mi Pueblo” o “La Aventurera” cantada por la cieguita Lucy González.




