En el palco presidencial se hablaba de todo menos de autos. El de la gorra aún no decidía su participación en el próximo certamen electoral y prefería hablar de su amado equipo tiburón, mientras respondía a las especulaciones sobre las posibles contrataciones para la temporada del próximo año. Le preocupaba más la hinchada rojiblanca que prestarle atención al jeque, que aún seguía con los ojos desorbitados e incrustados en el escote de otra modelo que le servía whisky en ese momento. Por fin, los altavoces anunciaron el inicio de la competencia y que se procedería a los respectivos actos protocolarios.
El presidente, quien se había opuesto a la realización del evento, como cosa rara, aún no había llegado al Malecón, y eso fue aprovechado por los detractores políticos para publicar arengas en su contra a través de las redes sociales, donde en ese momento era tendencia.
A pesar de las reglas previamente establecidas y difundidas, los actos e intervenciones no contemplados terminaron saliéndose con la suya, y hasta la danza del garabato «garabateó» el protocolo, dejando a unos italianos despistados y boquiabiertos, pensando que se habían equivocado de evento**,** anticipándose el Carnaval.





