Según cifras del propio ecosistema museístico del país, Colombia tiene apenas un museo por cada 70 mil habitantes, y en el 83% del territorio nacional no existe ninguno. Esa cifra, fría como parece, dice algo urgente sobre cómo tratamos nuestra memoria colectiva: la dejamos en manos de la casualidad, del esfuerzo aislado de unos pocos, o simplemente del olvido. Y cuando se trata del folclor vallenato, esa desatención no es un detalle menor. Es una alarma que muy pocos parecen estar escuchando.
Sin embargo, en medio de ese panorama, hay personas que han decidido no esperar a que alguien más lo resuelva. Historiadores, cultores, coleccionistas, gestores culturales que en Valledupar han dedicado años, sin presupuesto público, sin reconocimiento oficial y sin cámaras, a que la memoria de esta tierra no se pierda entre el ruido de lo inmediato. A todos ellos habría que exhortarlos públicamente más seguido, porque mientras el patrimonio se declara desde instituciones internacionales, se protege en la práctica desde la convicción silenciosa de quienes deciden que algo merece sobrevivir al tiempo.
Uno de esos casos es el de Ricardo Quintero Araújo, a quien conocí en su cumpleaños, con el nerviosismo de quien apenas empieza a conocer una nueva familia. «Ricardo y tú harán “clic”, los dos aman el folclor vallenato», me advirtió mi prometida esa noche, sin saber que me estaban dando la llave de una puerta que yo ya cargaba en la sangre: mi bisabuelo, «Colís» Botero, fue dueño del Café La Bolsa en Valledupar, donde el caricaturista Jaime Molina exponía sus obras. Las caricaturas originales fueron donadas a la Casa de la Cultura de Valledupar por orden expresa de Colís; sin embargo, las copias las guarda mi abuelo Francisco Luis ‘Pacho’ Botero como un tesoro. A esas mismas copias se les realizó un proceso tecnológico para mejorar la calidad y pasaron como regalo a Ricardo el día que lo conocí. Desde ahí, el vínculo no ha dejado de crecer.





