La explotación del carbón, ciertamente, genera cuantiosas sumas de dinero que se traducen en regalías y que, sin lugar a dudas, constituye un gran beneficio económico para el desarrollo de nuestra región. Hay un mercado internacional bastante prometedor al cual le exportamos carbón, como lo son Brasil, Turquía, China, Japón, entre otros, y tenemos reservas probadas de carbón térmico que nos alcanzarían hasta mediados del siglo XXII. Pero es que, además, el sector minero-energético, genera aproximadamente 130.000 puestos de trabajo. Estos y muchos otros datos son comunes en los foros sobre los grandes e indiscutibles beneficios económicos que se derivan del sector minero.
De lo que poco o nada se habla es de la calidad del empleo que ofrecen las multinacionales asentadas en nuestro territorio desde el año 1976, y de los daños a la salud de los trabajadores mineros del Cesar y La Guajira, pues existe en el imaginario colectivo, la falsa creencia de que devengan unos salarios astronómicos que le permiten darse la gran vida, omitiéndose el tema de la salud, y más exactamente el de las enfermedades profesionales, definidas en el Código Sustantivo del Trabajo, como todo estado patológico que sobrevenga como consecuencia obligada de la clase de trabajo que desempeña el trabajador o del medio en que se ha visto obligado a trabajar, ya sea por agentes físicos, químicos o biológicos.
Entre las enfermedades más comunes derivadas por la exposición al polvillo del carbón se encuentran: 1) Neumoconiosis: es un conjunto de enfermedades pulmonares producidas por la inhalación prolongada de partículas del polvo del carbón mineral, que provocan daño progresivo. Se conoce como enfermedad del pulmón negro. 2) Las enfermedades musculoesqueléticas. 3) Enfermedades del sistema circulatorio. Todas estas enfermedades son producidas por la inhalación del polvo del carbón, las vibraciones, el ruido y el esfuerzo físico en las minas.





