Qué complejo es lo que vemos actualmente en las dinámicas familiares: el temor de los padres a los hijos. Hoy las familias tienen funcionamientos muy diferentes a las del pasado no tan reciente: pasamos de familias numerosas, en las que a la mesa se sentaban el papá, la mamá y 8, 10 o 12 hijos, que comían sin limitaciones deliciosas recetas preparadas por dos señoras del servicio doméstico, que luego hacían visitas de sobremesa de una hora en las que se hablaba del país, de la vida, en la que se hablaba de Dios, de valores, de moral, de lo malo y de lo bueno, de lo correcto y lo incorrecto, a algo muy diferente: repúblicas independientes, cada uno en un cuarto viendo televisión y comiendo algo diferente. Unos comen sánduches, otros pizza, un cereal, un perro caliente; eso es lo que comen. Si llega a haber una cena en el comedor de la casa, cada uno está usando su celular o una tablet; los jóvenes tienen audífonos puestos, cada uno “calienta” el asiento, pero no socializa con los demás.
Estas dinámicas perversas, alimentadas por los padres de familia, que son los que proveen la platica para comprar esa tecnología que aísla, están dinamitando a las familias. El vínculo familiar se construye a partir de la convivencia, de conversaciones reflexivas que unen, construyen conocimiento e identidad. En esas conversaciones se construyen personalidad y criterio, se comparten preocupaciones, se formulan posibles soluciones, se vive en familia. Muchos de nosotros ya no vivimos en familia. Si bien “los hijos son prestados” y dejan el nido en algún momento, reside en cada familia la obligación de mantenerse unida, de mantener la conversación, de no dejar apagar la llama. Pero si el vínculo no es fuerte, como resultado de lo descrito en el párrafo anterior, ¿qué será de las familias en el futuro cercano? ¿Qué será de la sociedad? ¿Qué le espera a esta Colombia que requiere reformular esquemas y recuperarse de lo que se ha perdido?
La invitación hoy es a que las familias recuperen los espacios de los que hoy carecen. Estamos a tiempo; si reconocemos en nuestras dinámicas familiares esta carencia, los padres y madres de Colombia deben “coger el toro por los cuernos” y enfrentarlo con decisión. En los padres de familia se ha perdido el compromiso con ser “los primeros educadores” y se ha tercerizado ese rol —implícito en la maternidad y la paternidad— a nanas, empleadas domésticas, a los jardines infantiles y colegios, o, sencilla y tristemente, al abandono. Los temas de salud mental están disparados precisamente porque no existen ya vínculos fuertes para sobrellevar las cargas; nadie dice que la vida sea fácil, pero en un contexto unido, reflexivo, familiar, se administran mejor esas problemáticas porque la unión da fuerza, crea esperanza y genera bienestar. Debemos retomar el rumbo y reconfigurar el rol de padres e hijos —aunque suene a novela eterna—; los padres deben ejercer su paternidad, con los derechos y deberes que de ello se deriven, y los hijos, lo mismo. No solo estoy convencido de que esto funciona, sino de que es el único camino al éxito y la transformación de la sociedad.
Si las familias se redefinen, quienes hemos elegido la educación como proyecto de vida podremos ejercer nuestro rol como está mandado a ejercerse: respetando la individualidad de los estudiantes, reconociendo sus talentos y aspectos a mejorar, acompañando su proceso formativo desde el buen ejemplo de unos padres que lo modelan y nos permiten ponerlos como referentes, y permitiendo su exposición a diversos contextos para que tomen posiciones, tomen decisiones y decidan vivir una buena vida. ¡Se puede!
Mientras tanto, invitamos a las familias a poner el tema electoral sobre la mesa. Es importante que los votantes jóvenes voten bien en mayo y junio. En el 2022 se equivocaron y de eso ya no quedan dudas; si persiste esa posición errática, estas pueden ser las últimas elecciones libres en Colombia. Hay que contar la historia del Palacio de Justicia, de los collares bomba, de Bojayá. Sin temor, hay que llamar las cosas por su nombre.
