A finales de abril de cada año los colombianos tenemos una cita con la cultura, la música y el folclor colombiano. Los nacidos en esta tierra regresan para curarse la nostalgia y quienes vienen de afuera llegan a tachar de su lista de experiencias la visita al Festival de la Leyenda Vallenata.
Ahora bien, hay que decir algo con claridad: buena parte de quienes nos visitan ya no vienen exclusivamente por los concursos. Llegan atraídos por la rumba, los conciertos y el ambiente de ciudad festivalera. El turismo de eventos terminó devorándose al turismo cultural.
Aun así, el Festival Vallenato sigue siendo uno de los acontecimientos culturales más importantes de Colombia. Y precisamente por eso preocupa lo que viene ocurriendo con sus competencias.
Debo confesar que después de más de una década haciendo pronósticos antes de cada festival, he decidido dejar de hacerlo. Ya no tiene gracia.
Hoy cualquier persona medianamente conocedora del concurso de acordeoneros profesionales sabe, con demasiada anticipación, quiénes terminarán llegando a la final en el Parque de la Leyenda. Ya no existen sorpresas. El festival perdió una de las cosas más importantes que puede tener cualquier competencia: la incertidumbre.
En Valledupar, varios meses antes del festival, ya se habla del nombre del próximo rey vallenato sin haber escuchado todavía una sola nota en tarima. No importa el estado anímico del concursante, si se equivoca, si tiene una mala noche o si otro participante toca mejor el acordeón. El libreto parece escrito desde mucho antes.
Y ahí es donde comienza el problema.
Porque cualquier concurso en el que el público siente que el desenlace ya está definido pierde emoción, pierde credibilidad y poco a poco empieza a desconectarse de la gente.
El Festival Vallenato se parece cada vez más a ciertos concursos de méritos del país, donde muchos creen que el resultado se conoce antes de comenzar.
Ahora la pregunta ya no es quiénes son los opcionados para llegar a la final. La pregunta directa es: “¿quién va a ser el rey este año?”. Y lo más preocupante es que casi siempre el rumor termina acertando.
Si las casas de apuestas se metieran en este negocio, seguramente tendrían que vetar algunos nombres para no quebrarse.
La mayoría de participantes, ahora, parecieran competir ya no por la corona, sino por el segundo y tercer lugar.
Se acabaron aquellas grandes sorpresas que alimentaban la leyenda del festival. Cuando Juan David Herrera derrotó a Alfredo Gutiérrez o Julián Rojas destronó a Juancho Rois, el público entendía que cualquier cosa podía pasar. Hoy esa sensación parece haberse perdido.
Y el próximo año el reto será todavía mayor. La edición número 60 será Rey de Reyes, una competencia que históricamente despierta enorme expectativa. Pero siendo honestos, quienes conocen medianamente el panorama actual del vallenato ya tienen en mente un nombre como favorito absoluto.
Entonces vale la pena preguntarse: ¿qué sentido tiene discutir apasionadamente quién tocó mejor el acordeón, si muchas veces el mejor ejecutante ni siquiera alcanza la semifinal porque todavía no está “en capilla” o no ha subido el primer peldaño de la escalera invisible que conduce al trono?
Lo verdaderamente peligroso para el Festival Vallenato no es la crítica.
Lo peligroso es que la gente deje de sorprenderse.
Porque cuando un concurso pierde la capacidad de emocionar, comienza lentamente a perder su esencia.
COLOFÓN: Circulan en las redes sociales videos y posters de participantes despidiéndose de los concursos, dando declaraciones de inconformidad en medios de comunicación sobre los resultados, quejándose y denunciando actos de corrupción de algunos miembros de la fundación, coordinadores de concursos y miembros del jurado. Se han vuelto recurrentes estas PQR, pero también es reiterativo que tanto denunciantes como denunciados se les olvide rápido el tema y el próximo año lo más probable es que a muchos los veremos otra vez en tarima.
Por: Jorge Naín Ruiz Ditta
