Quise indagar mis probabilidades para ser elegido presidente de la República, y esto sin siquiera haber participado en una consulta y, aún más, sin mediar inscripción legal ante la Registraduría Nacional, sin campaña y sabiendo que la primera vuelta está muy cerca. Sabiendo, además, que se habla, sesgadamente, de unos porcentajes que indicarían que tres de los competidores son dueños de importantes porciones de la torta electoral.
Encargué una encuesta que se hizo rápidamente y sobre cuyas conclusiones se me informó que no existía margen de error, resultando en un consenso del 100 %. Me sentí halagado y agradecido. El universo de la muestra era variado en sexos y edades, lo que me puso a pensar que ni yo sabía lo popular que era. Cero gastos electorales, por lo que no debía preocuparme de los llamados topes de campaña.
Hice una revisión de los perfiles de mis posibles electores y solo en ese momento descubrí que, por unanimidad, mis seis nietos habían dicho que sí. Su preocupación ahora era la fecha de la posesión. Prevaleció lo de abuelo; “abu” era el mejor candidato y resulté elegido.
Con esto quiero significar que la veracidad de una encuesta es muy relativa y se desactualiza cada 24 horas. Como dicen las firmas encuestadoras —a modo de pretexto para sus desaciertos— son una “foto del momento”, y ello implica tener en cuenta muchos factores para leerla y entenderla bien.
Si yo quiero que gane Abelardo, hago la encuesta en las zonas que de antemano —y acorde a sus postulados o propuestas— sé que existen, lo de “firmes por la patria” te señala en donde debería ser. Pero si lo que se alega es la lucha por la igualdad, nada mejor que alguien quien se haya iniciado en el partido comunista y en zonas socio-económicamente desiguales. Y si se es mujer, pues es que predique que al llegar a la presidencia será la primera en ejercerla. Hay para todos los gustos y así en este último caso, si la encuesta la hacen entre mujeres, pues ganará Paloma.
Pero el índice acusador está de frente y al “firmes por la patria” lo intentan descalificar señalándolo como paramilitar; al que sigue, de comunista o guerrillero; y a la candidata como débil, por ser mujer. Esto para aludir lo que son esas encuestas: sesgadas y amañadas.
En esa línea y para que Abelardo gane, encuesto al sector que reconozco naturalmente como afín, y para disimular en algo, averiguo también en la franja que, de los contradictores, valiendo lo anterior, para Paloma e Iván.
Quien ordena la encuesta, la gana o, al menos, no queda tan mal parado. Pero la gran encuesta es el día de las elecciones; en ese momento el humo dirá qué tan grande fue la quema. Lo cierto es que hay algo superior a las indagaciones y es mirar detrás del telón y debajo de las alfombras. Es decir, ver qué tanta actuación es simple teatro y qué tanta basura hay debajo de los tapetes.
Debemos entender que los bobos en política no existen y que la época de los espejos y baratijas ya pasó; ya no se traga entero y las convicciones bien fundadas prevalecen. Nada ni nadie podrá contra eso.
Por: Jaime García Chadid
