La madre es la expresión sublime del amor y la ternura. Es la musa sagrada en el lienzo del pintor, en la caligrafía del poeta y en la polifonía del cantor. Para los hijos, el tiempo no cicatriza la voz de la madre, su eufonía es sempiterna sonrisa en el viento, y su imagen reposa radiante en los espejos de la memoria.
La madre es una peregrina que profesa amor por los caminos de la esperanza y de la abnegación. La palabra comprensión es una flor en sus labios y con infinita prudencia practica las bondades del perdón. Para el amor de madre no existen caminos imposibles, su generosa piedad es inagotable y con el poder de la fe abre senderos de luz.
Cada madre vive sus situaciones particulares. Unas viven la tranquilidad de los bienes terrenales y el sosiego espiritual de la bonanza. Muchas sueñan con las condiciones elementales de la subsistencia, y la multiplicación de sus plegarias son regocijo para el alma. Desean que sus hijos crezcan en la armonía de su edad cronológica con la edad mental: Que en la infancia disfruten de las fábulas, de los juegos infantiles; que los parques sean espacios seguros con las canchas deportivas abiertas. Que en cada colegio haya biblioteca y docentes que fomenten la sensibilidad por diversas expresiones artísticas. El disfrute de la armonía de estas actividades fundamenta el desarrollo integral del proyecto ético de vida.
Las madres quieren vestirse de fiesta, lucir el color de los jardines para ofrendar a Dios los cánticos de amor en compañía de sus hijos. Pero la vida, como la noche y el día, está llena de penumbra y de esplendor. Los hilos de la alegría y de la tristeza se turnan para tejer el tiempo en el corazón. Hay madres silenciosas que disfrutan el sosiego del edén de la poesía, y otras se ven afligidas por los fuertes golpes de circunstancias inesperadas. Hay madres que llevan a cuestas las agonías de los desplazados, esos desfiles trashumantes que no encuentran dónde colgar sus sueños, y entre desolación y ausencia huyen del miedo y la muerte. También algunas viven las tempestades de las amenazas y las atrocidades de la ausencia por el terror del secuestro.
Las madres colombianas se han envejecido por las largas promesas de paz entre los grupos armados y los gobernantes; ellas navegan en ríos de lágrimas por los actos terroristas de lesa humanidad. Con las madres colombianas elevo esta plegaria: No pueden seguir en reconcilio la sangre con el fuego, la amenaza con el silencio, el gobernante con la corrupción, la delincuencia con la impunidad. Busquemos de manera inaplazable, la alianza de la paz y la justicia. Ya basta de tanta sangre inútilmente derramada. La vida humana es irreparable. La riqueza humana es la educación, el trabajo honesto y eficiente, la familia, la amistad, la convivencia, el paisaje, el deporte y el arte. La fuerza del amor es el sendero luminoso de la dignidad y el respeto por la vida.
Por José Atuesta Mindiola
