La génesis de estas cavilaciones nació de esas tertulias cotidianas, amenas e intelectuales, que suelo compartir con el reconocido activista político Daniel Daza, el cual admiro y respeto tanto. En el fragor de la palabra, desmenuzando la fauna que pretende regir los destinos de Valledupar, arribamos a una conclusión zoológica irrebatible. Si bien en entregas anteriores habíamos convenido que el burro ya se siente legítimamente ofendido por la insistente comparación con nuestra clase dirigente —pues el asno, al menos, busca al semejante solo para rascarse con honestidad—, hoy debemos elevar el microscopio hacia un espécimen más sutil y acuático. La ciencia literaria exigía entonces otro animal más preciso, más sofisticado, más fiel a la realidad biológica de nuestra política municipal. Hemos descubierto, para la ciencia política regional, la existencia de la Rémora candidatus vallenatus.
Este espécimen, que habita las aguas turbias del proselitismo local, ha perfeccionado una forma de existencia que la biología denomina comensalismo, pero que en la Plaza Alfonso López se traduce en el oportunismo más refinado de la naturaleza departamental. El candidatus vallenatus posee una fisonomía diseñada para la adhesión; no tiene la vocación de liderar su propio cardumen ni cuenta con el vigor electoral necesario para navegar contra la corriente en solitario. Su estrategia, por tanto, consiste en localizar un escualo de mayor envergadura —ese barón electoral o cacique de casta— para anclarse a su vientre mediante un disco succionador de promesas y conveniencias. Apenas identifica un organismo grande y poderoso, se fija a él con la disciplina de un parásito elegante.
Es de conocimiento público, por más que los ejemplares se esfuercen en exhibir una impostada independencia en sus vallas y discursos, que cada aspirante tiene su tiburón. El beneficio de esta simbiosis es evidente: la rémora obtiene protección frente a las amenazas del océano político y se alimenta de las piltrafas que el depredador mayor deja caer tras el festín de la contratación o, incluso, de los parásitos externos que son sus propios copartidarios. En la ecología del poder vallenato, este comensalismo permite que el candidato avance sin gastar energía propia, dejándose llevar por la inercia del capital ajeno hacia la orilla del presupuesto municipal.





