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Seamos un festival sempiterno

Una reflexión poética que invita a que el espíritu del Festival Vallenato trascienda lo temporal y se convierta en una forma permanente de vivir, basada en la identidad, la cultura y los valores ciudadanos.

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Existe un instante preciso, una fractura en la cronología ordinaria de Valledupar, donde el aire deja de ser simple oxígeno y hace metamorfosis en un fluido espeso de nostalgia y víspera. Es el advenimiento del Festival, ese rito que convoca acordeones y que oficia como una conversión colectiva. La ciudad, habitualmente sumida en la inercia de sus tardes de sol de plomo, se despereza con una elegancia felina, sacudiéndose el polvo del olvido para revestirse de una dignidad que parece brotar de las raíces mismas de sus cañaguates. En ese umbral, el espíritu del ciudadano experimenta una transfiguración. El saludo se vuelve una partitura de afectos, y la mirada, antes esquiva, se torna en un espejo donde se reconoce el orgullo de una estirpe que se sabe depositaria de una leyenda universal.

Esta vibración íntima, que se propaga como el eco de un bajo de caja por las avenidas, posee la extraña virtud de sanar las negligencias del tiempo. Resulta casi milagroso observar cómo la arquitectura de la ciudad, bajo el influjo de la fiesta, recupera su vocación de anfitriona. Las grietas en el asfalto, esas cicatrices de la desidia, parecen cerrarse ante el imperativo de la estética; el verde de las frondas recobra su brillo bajo el cuidado de manos que, de repente, recuerdan que la naturaleza es nuestra primera morada. Los engranajes de la civilidad, a menudo oxidados por la burocracia o el desgano, giran con una celeridad inusitada, como si una conciencia superior nos dictara que Valledupar merece estar a la altura de su mitología. Es un despertar ético que se disfraza de folclor, una lucidez repentina que nos obliga a preguntarnos por qué la excelencia requiere del pretexto de una tarima para manifestarse entre nosotros.

La resiliencia de este pueblo no es un concepto abstracto, sino una fibra orgánica, una ternura que ha sobrevivido a los asedios de la historia y a los silencios del progreso. Hay en el vallenato una capacidad de levantarse que trasciende la estructura de un son o una puya; es el talante de una sociedad que sabe convertir el dolor en verso y la carencia en hospitalidad. Sin embargo, resulta revelador que esta plenitud ciudadana sea, hasta ahora, un fenómeno estacional. Nos permitimos ser nuestra mejor versión solo mientras dura el eco de los versos, descuidando que la verdadera grandeza no reside en el evento, sino en la permanencia de los valores que este suscita. La verdadera riqueza de Valledupar no duerme en los baúles de los acordeonistas, sino en esa disposición del alma que nos hace más humanos, más diligentes y más fraternos cuando el mundo nos mira.

Es imperativo, por tanto, que la metáfora de la fiesta rompa sus cadenas cronológicas. No podemos seguir siendo una ciudad que solo se reconoce a sí misma en el paroxismo de abril. La propuesta que late en el corazón de estas líneas es la abolición del epílogo: que el talante, la pulcritud y el sentido de pertenencia no se desmonten junto con las estructuras metálicas de la plaza. Debemos transitar de la celebración efímera a la construcción de una identidad basada en la vigilia constante de nuestras virtudes. Que la diligencia con la que pintamos las fachadas y podamos los jardines sea el estándar de nuestra cotidianidad, y que el respeto por el otro, ese que florece en el encuentro del festival, sea la ley inquebrantable de nuestras calles.

Propongo, entonces, que nos declaremos en un estado de gracia perpetuo, que nuestra existencia colectiva se convierta en una obra de arte que no conoce el final de la función. Seamos un festival vallenato sempiterno, una sinfonía de voluntades que no cede ante la rutina ni se amilana ante el paso de los meses. Que cada jornada sea una víspera gozosa, cada encuentro un abrazo de hermandad y cada acto administrativo un tributo a la grandeza que proclamamos poseer. Que este espíritu de superación y alegría, de resiliencia y decoro, nos habite per saecula saeculorum, transformando a Valledupar no solo en la capital mundial de un ritmo, sino en el santuario eterno de una humanidad que decidió vivir, para siempre, en la luz de su propia leyenda.

Por: Jesús Daza Castro

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