Rita Fernández Padilla es la hija adoptiva más querida de Valledupar. En su nativa Santa Marta, durante su infancia, la cautivaron las imágenes de la sinfonía azul del mar y las acrobacias de los alcatraces. En sus idas al mar los fines de semana, al ver llegar los barcos a la bahía, pensaba en aquel feliz acontecimiento cuando su madre cumplió quince años y su abuela le regaló un piano que trajo de Nueva York. En ese piano su madre, María del Socorro Padilla, le dio las primeras clases.
En ella el amor por la música es genético. Su madre, María del Socorro Padilla, era profesora de piano, y su padre, Antonio María Fernández Daza, tocaba el tiple, la guitarra y la bandola, y era, además, coleccionista de instrumentos musicales. Sus padres deseaban que fuera concertista de música clásica y no una cantante de vallenatos, pero otra cosa le deparaba el destino. En el colegio La Presentación fue su acercamiento al vallenato, cuando escuchaba cantar a algunas compañeras nativas de Valledupar, Villanueva, San Juan y Fonseca. De esa época era un canto que le sorprendía y la contagiaba: “Mírame fijamente hasta cegarme, mírame con amor o con enojo…”. La revelación y el asombro fue cuando llega por primera vez a Valledupar, en unas vacaciones (1966), con su hermana Margarita, y conoce y escucha cantar a Gustavo Gutiérrez, Santander Durán y Fredy Molina.
En el viaje de regreso a Santa Marta iba pletórica de ilusiones por la narrativa romántica de los tres compositores y con sonrisa juvenil de felicidad; al día siguiente toma el acordeón piano, entre la colección de instrumentos que tenía su padre, y empiezan las ensoñaciones sonoras de libertad y la génesis de su obra musical. Con seis compañeras organizan el grupo musical «Las Universitarias». En una noche de abril de 1968, en el primer Festival Vallenato, «Las Universitarias», en la tarima de la Plaza Alfonso López, interpretaron tres canciones y la multitud se extasiaba en prolongados aplausos por la belleza física y musical de las seis jóvenes venidas de Santa Marta.
Desde entonces, el nombre de Rita Fernández Padilla está escrito en letras doradas en la historia de la música vallenata. Al año siguiente, graban en Discos Bambuco un álbum de doce canciones, seis de su autoría, entre ellas: Reflejo de amor (grabada además por Alfredo Gutiérrez), Amor y penas (grabada también por la Billos Caracas). Realizaron una gira nacional y también tocaron en Estados Unidos, Panamá, México y Venezuela. Es autora de más de 80 canciones, en los géneros de vallenato, salsa, bolero, son cubano, pasillo y bolero. Y es la compositora de los himnos de Valledupar y Codazzi, del colegio La Sierra de Valledupar y Colegio Médico Colombiano (grabado en su voz).
Rita vive sonriente de frente a la luz, su alma es un espejo radiante de dignidad, de respeto, de música y poesía. Ella no se detiene a esperar la sombra en el silencio de la noche; va tras la imagen sonriente de la luna y la vigilia de los luceros. El ejercicio permanente de tocar el piano y cantar le mantiene la memoria activa para narrar los acontecimientos de su vida y de su obra musical.
Por: José Atuesta Mindiola
