Al momento de escribir esta columna se anunció el aplazamiento de la visita que el presidente De la Espriella tenía prevista realizar a La Guajira los días 12 y 13 de agosto. La razón lo justifica plenamente: el terremoto que sacudió el occidente del país el pasado lunes y que merece toda la atención del Gobierno. La Guajira lleva esperando veinte años y merece una fecha reprogramada y cumplida.
De manera respetuosa, le sugiero un ejercicio, presidente De la Espriella, vuelva mentalmente a hace veinte años. La Guajira de 2005 ya cargaba una deuda social insoportable: apenas 51,3% de cobertura de acueducto, frente a 83,4% nacional, y una mortalidad infantil de 35 niños por cada mil nacidos vivos. Diez años después, en 2015, esa cifra apenas bajaba a 33, mientras el país promediaba 17.
Ahora regresamos al presente. Los indicadores cambiaron de metodología, los gobiernos cambiaron de discurso, pero la realidad esencial sigue siendo una vergüenza nacional. En 2024 La Guajira registró pobreza monetaria de 65,7%, que es la segunda más alta del país, y pobreza extrema de 43,2%: cerca de 676.000 personas pobres y 444.000 en pobreza extrema. La pobreza multidimensional cayó de 42,6% a 39,3%, avance que no borra que casi cuatro de cada diez guajiros sigan privados de educación, salud, vivienda o servicios básicos, con coberturas rurales de apenas 21% en acueducto y 33% en alcantarillado.





