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Canciones que ganan… pero no se quedan

Ahí es donde debemos preguntarnos: ¿estamos premiando canciones… o momentos? Este año, seguramente, muchas composiciones estarán dedicadas al Binomio de Oro, como corresponde al homenaje.

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Debo confesar que, a medida que se acerca una nueva versión del Festival de la Leyenda Vallenata, hay un concurso en particular que siempre me genera una mezcla de entusiasmo y reflexión: el de canciones inéditas.

Falta apenas un mes para que Valledupar vuelva a convertirse en el epicentro de nuestra música, y como compositor, intérprete, jurado en algunos festivales del país y, sobre todo, como amante del vallenato, quiero compartir algunas ideas sobre uno de los espacios más importantes y, a veces, más incomprendidos, de estos eventos.

Pienso que, en los inicios de los festivales, cuando comenzaron las competencias de canciones, los compositores, simplemente, acudían con lo mejor que tenían. Canciones nacidas del alma, de la cotidianidad, de la vida misma. Obras que no se pensaban para ganar un concurso, sino para perdurar en el tiempo. Hoy la realidad parece distinta.

Ahora bien, si uno observa con detenimiento lo que ocurre en los concursos de canciones inéditas, podría identificar varios tipos de compositores.

Está el compositor que sabe que entre sus obras tiene canciones sólidas, con calidad suficiente para competir en cualquier escenario. También está aquel que entendió que el concurso exige impactar de inmediato, y por eso construye canciones pensadas para impresionar en pocos minutos.

Aparece igualmente el compositor que busca foguearse, mostrarse, empezar a abrirse camino en el mundo vallenato. El que está sembrando.

No falta el que apuesta todo a ganar un festival, convencido de que ese triunfo le abrirá las puertas de la industria musical, invirtiendo tiempo, recursos y expectativas en ese objetivo.

Y finalmente está ese compositor que, aun sabiendo que no tiene mayores opciones de triunfo, decide participar para que al menos su obra sea escuchada.

Luego, entonces, más allá de la competencia, lo que vemos es un mosaico de intenciones, sueños y realidades distintas.

Sin embargo, hay algo que me preocupa. He sostenido en otras oportunidades que esas canciones que nacen exclusivamente para el festival, las llamadas “festivaleras” y que difícilmente sobreviven más allá de la tarima, le hacen un flaco favor a nuestra música, con contadas excepciones.

El vallenato necesita volver a ese momento en el que los intérpretes asistían a los festivales no solo a competir o a presentarse, sino a escuchar canciones para grabarlas, para llevarlas al pueblo, para convertirlas en parte de la memoria colectiva.

Hoy ocurre algo que debería invitarnos a reflexionar: hay compositores que han ganado múltiples festivales y, sin embargo, no logran que sus canciones trasciendan. Incluso, algunos ya no recuerdan con claridad la obra con la que alguna vez fueron premiados.

Ahí es donde debemos preguntarnos: ¿estamos premiando canciones… o momentos?

Este año, seguramente, muchas composiciones estarán dedicadas al Binomio de Oro, como corresponde al homenaje. Dios quiera que la canción ganadora no se quede solo en el aplauso del jurado o del público presente, sino que tenga la fuerza suficiente para ser grabada, difundida y recordada.

Porque una canción vallenata no debería aspirar únicamente a ganar un festival. Debería aspirar a quedarse en el corazón de la gente.

Colofón: La fundación Un Canto al Río, que tengo el honor de presidir, ha recibido por segundo año consecutivo el respaldo del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes como evento concertado. Este festival, que realizaremos a orillas del río Guatapurí los días 29 y 30 de agosto de 2026, seguirá apostándole a lo esencial: canciones que nazcan del alma y que le canten al río. Compositores, desde ya, preparen sus obras para rendirle homenaje al llamado Rey del Valle.

Por: Jorge Naín Ruiz Ditta

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