Hay palabras que movilizan y otras que desgastan. Hay voces que irrumpen y otras que permanecen. La política exige ambas cosas, pero sobre todo saber cuándo usar cada una.
Abelardo de la Espriella ha irrumpido en el escenario público con una combinación poco frecuente: el ímpetu del Caribe y la disciplina de quien entiende que las batallas importantes se libran con estrategia. Tiene presencia, intensidad y una manera de hablar que difícilmente pasa inadvertida. En tiempos donde muchos parecen construidos por asesores y discursos prefabricados, eso tiene valor.
Su estilo es frontal, directo y sin demasiados adornos. Hay quienes encuentran en esa forma de comunicar la sensación de que habla sin libreto y dice aquello que otros prefieren calcular. Y esa autenticidad explica parte de su conexión con sectores que sienten cansancio frente a las fórmulas tradicionales de hacer actividad política.
Pero las campañas tienen etapas. Existe el momento de irrumpir y existe el momento de consolidar. Existe el momento de golpear la mesa y también el de invitar a todos a sentarse alrededor de ella. Ese aserto lo compartí alrededor de una buena conversación con Chijo Orozco y José Antonio Fernández, quienes indican que no debe dar papaya.
Porque la contundencia jamás debe confundirse con confrontación permanente. Llegado cierto punto, el exceso de enfrentamiento deja de sumar y comienza a cerrar puertas. Hay una realidad profundamente humana en la política: cuando se ataca con demasiada insistencia a un líder, muchas veces quien recibe el golpe emocional no es el dirigente, sino quien lo sigue.
El desafío ahora parece distinto: conservar la fuerza sin perder amplitud; mantener el carácter sin transmitir distancia; continuar siendo firme sin convertir cada diferencia en una batalla. Ya consiguió algo difícil: hacerse notar. Ahora el desafío es hacerse sentir como hombre de unidad nacional: eufórico, ruidoso, pero no triunfalista. Estás cerca de lograrlo, este 31 de mayo, imparable para ganar en primera vuelta. ¡Hacia la Patria Milagro!
La escogencia de José Manuel Restrepo parece responder precisamente a esa necesidad de equilibrio. Método y energía. Serenidad e impulso. Convicción y estructura. A veces la política también es una conversación permanente entre el acelerador y el volante.
Debe hablar menos del adversario o rival y más del país que pretende gobernar. Debe insistir en que, concluida la contienda, no existirán colombianos de un lado y de otro, sino una sola responsabilidad nacional.
La gente espera algo más que una candidatura; espera una idea de país donde puedan reconocerse incluso quienes piensan diferente. Porque una elección divide votos, pero gobernar exige reunir voluntades. Colombia somos todos.
Al final, los pueblos rara vez recuerdan a quien habló más fuerte. Suelen recordar a quien logró devolver confianza cuando parecía escasa, esperanza cuando predominaba el cansancio y propósito cuando reinaba la incertidumbre.
El verdadero liderazgo no empieza cuando se gana una campaña. Empieza cuando se entiende que la nación completa debe sentirse parte del mismo destino. Hay que precaver torpezas. Quieto y aléjese del fuego amigo, presidente de la Espriella, ya estás consolidado como estratega electoral.
¡Firme por la patria!
Por: Hugo Mendoza
