COLUMNA

La plaza, la fe y el hombre del cambio bajo el espíritu del Ecce Homo

En la plaza Alfonso López de Valledupar, la multitud no solo acompañó a un candidato; expresó el cansancio moral de un pueblo que anhela reconciliación, justicia social y un nuevo rumbo para Colombia.

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En este “Valle” de música y folclor, además de fervor por el trabajo digno, mucha gente ha dado el salto de fe como algo que trasciende al estadio religioso, que es el máximo estado que el hombre puede lograr cuando la razón y la lógica no alcanzan a llenar sus inquietudes. Aunque en este estadio también existe la angustia, por lo menos se aprende allí a convivir con ella y a tomar sus dificultades como caminos para lograr un destino más claro.

Este preámbulo se presta para explicar cómo la plaza principal de Valledupar estuvo repleta de gente con la aparición de la campaña de Defensores de la Patria, la cual no fue solo fruto de la figura representativa de su gran candidato, sino por el clamor de la gente que ya no resiste el ámbito enrarecido de incomodidad e infortunio de los dos últimos regímenes presidenciales, encabezados por vacíos administrativos, políticos, sociales y económicos, solo llenados por una corrupción inconsecuente jamás vista en la historia política del país por ideologías demasiado extremistas al borde de reventar a un pueblo por los actos irracionales de una política alejada de los caminos de la justicia social.

He comprendido que la fe no pertenece exclusivamente a los templos; también habita en la voluntad de quienes desean reconstruir una patria herida. Porque la verdadera justicia social no nace del odio de clases ni del resentimiento ideológico, sino del reconocimiento de la dignidad de cada ser humano como criatura de Dios.

En la manifestación de tipo político preparada para este candidato de la esperanza, aquel día, 17 de mayo, desde lejos, pedí por la reconciliación al Santo Ecce Homo del Valle, que ha sido mi protector, y que ha sido la figura enigmática que llena no solo La Plaza Alfonso López, sino la de todos los pueblos católicos del mundo. El Ecce Homo sin ambages me dijo:

—La fe no elimina la angustia; simplemente nos enseña a convivir con ella. No te preocupes, el bien siempre derrotará al mal, no importa cuál sea el campo de batalla; ya mi espíritu está con él, al que también advertiremos que, bajo cualquier camino espinoso o fácil, el principio de la fe y la justicia social implícita debe reinar para que la esperanza pueda escapar de la caja de Pandora y depositarse en cada uno de los ciudadanos que aman la libertad.

Me dio a entender que estaba en el espíritu del candidato y por tal motivo la plaza estaría asistida en su totalidad tal como sucede los Lunes Santos en la hermosa ciudad del vallenato, y esta vez representando el cambio social para restablecer la democracia casi perdida por ilusos resentidos, frutos de la vaguedad e incultura, que han pisoteado en forma permanente la dignidad de una patria llenándola de falsas ideologías y a los partidos tradicionales de Colombia convirtiéndoles en presas fáciles de la venalidad.

La plaza repleta no representaba únicamente el respaldo a un candidato; simbolizaba el deseo profundo de millones de colombianos de reencontrarse con el orden, la autoridad moral y el respeto por la democracia. Era el grito silencioso de un pueblo cansado de falsas ideologías que prometieron paraísos imposibles mientras destruían la cultura del esfuerzo, debilitaban las instituciones y convertían la política en un mercado de intereses personales.

También me dijo: —la política, aún sana, conlleva a fuertes, usuales e inevitables enfrentamientos; es bueno recordar a los actores que la prudencia no implica usar la ofensa contra la ofensa en personas a quienes critican con o sin conocimientos de causa por entregar sus favores a manos del despotismo; estos deben ser juzgados y controvertidos por las leyes, por el pueblo y por su propia conciencia, más no por la emotividad negativa que podría hacer fallar en la milimetría política. La verdad cuando es ya manifiesta en el ambiente, el silencio con la indiferencia golpea con más fuerza. Solo entonces la modestia podrá escapar definitivamente de la oscuridad y volver a habitar el corazón del hombre — .

El país ha sido conducido por caminos oscuros, llenos de improvisación administrativa, fracturas sociales y una corrupción insolente que terminó erosionando la confianza de los ciudadanos. Pero ningún pueblo está condenado eternamente al sufrimiento cuando todavía existen hombres capaces de creer en la justicia y en la dignidad humana.

Tal vez por eso, la multitud que colmó la plaza Alfonso López de Valledupar durante la llegada de la campaña de Defensores de la Patria no acudió solamente atraída por la figura del candidato, sino impulsada por algo mucho más profundo: el cansancio moral de un pueblo que ya no soporta el ambiente de incertidumbre, confrontación y desconsuelo que han dejado los últimos años de la vida política colombiana.

Por: Fausto Cotes N.

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