La reciente celebración de la Feria del Libro de Valledupar, FELVA 2026, ha dejado en las plazas y en el aire local el eco vibrante de las ideas en movimiento. Quienes transitamos de manera asidua por sus conferencias, buscando desentrañar los hilos conductores del devenir político, histórico y emocional de nuestra sociedad, experimentamos esa singular epifanía que solo el conocimiento compartido es capaz de otorgar. FELVA se ha consolidado como el epicentro del oxígeno intelectual de la región, un refugio indispensable para el descubrimiento de nuevas plumas y para la edificación colectiva del pensamiento crítico.
Al mirar a mi alrededor, buscando a quienes sostienen las riendas del destino público de nuestra ciudad, el paisaje revela una ausencia elocuente. Surge entonces un interrogante casi inevitable, una sospecha que incomoda pero que exige ser formulada: ¿nuestros políticos y mandatarios realmente leen? No me refiero únicamente al acto mecánico de pasar páginas. Hablo de la lectura como ejercicio de expansión del espíritu, como la capacidad de habitar otras épocas, comprender otras realidades y dialogar con pensamientos que desafían nuestras propias certezas.
FELVA, a mi juicio, es uno de los acontecimientos culturales más valiosos que tiene Valledupar. Durante varios días la ciudad se concede el privilegio de pensar. Escritores, académicos, investigadores y lectores se reúnen para celebrar aquello que ninguna crisis económica ni ninguna coyuntura política debería relegar: el conocimiento. He asistido con entusiasmo a cuanta charla ha despertado mi interés. He escuchado reflexiones sobre sociedad, poder, identidad, historia y condición humana. He disfrutado cada conversación porque detrás de cada libro existe una posibilidad de comprender mejor el mundo y comprendernos mejor a nosotros mismos.
Por eso me sorprendió la ausencia.
Ejercer el control ciudadano implica también observar qué nutre la mente de quienes nos gobiernan. El desinterés palpable de la clase política frente a este ágora del pensamiento sugiere una alarmante desconexión con las corrientes estéticas e intelectuales que definen el presente. En una ciudad donde solemos exigir más cultura ciudadana, más pensamiento crítico y mejores debates públicos, resulta inevitable preguntarse por qué tantos dirigentes parecen tan distantes de los escenarios donde precisamente se cultivan esas virtudes. Quizás alguien dirá que gobernar deja poco tiempo para asistir a una feria del libro. Tal vez sea cierto. Empero, también es cierto que las prioridades revelan convicciones. Los lugares donde decidimos estar hablan tanto como nuestros discursos.
La pregunta adquiere una dimensión aún más inquietante cuando observamos algunos datos sobre los hábitos culturales de nuestra ciudad. Según la Encuesta de Percepción Ciudadana de Valledupar Cómo Vamos 2025, en 2023, el 42,5 % de los ciudadanos manifestó no haber leído ningún libro durante el último año; para 2025 esa cifra ascendió al alarmante 76 %. Mientras tanto, quienes leyeron al menos un libro pasaron de representar porcentajes significativos en 2023 a convertirse en una minoría cada vez más reducida en 2025. Más que una estadística cultural, el dato refleja una transformación profunda en nuestra relación con el conocimiento, la reflexión y el pensamiento crítico. Una sociedad que lee poco corre el riesgo de pensar poco. Y una sociedad que piensa poco termina delegando demasiado.
Existe una correlación invisible pero innegable entre el comportamiento de los líderes y el devenir de su pueblo. Resulta utópico exigir una ciudadanía crítica y ávida de conocimiento cuando las figuras de autoridad demuestran una apatía soberana hacia los libros. Quien no cultiva la lectura difícilmente podrá gobernar con la agudeza, la empatía y la profundidad que la complejidad contemporánea demanda.
La lectura no garantiza la virtud, pero la ignorancia jamás ha sido una escuela de buen gobierno. Los grandes estadistas de la historia tuvieron diferencias ideológicas profundas, pero compartían una característica común: eran lectores voraces. Comprendían que el poder sin reflexión suele convertirse en simple administración de la inmediatez. Tal vez estoy siendo injusto. Quizás muchos de nuestros dirigentes leen en silencio y lejos de las cámaras. Ojalá sea así. Ojalá detrás de cada decisión pública exista una biblioteca invisible alimentando ideas, referencias históricas y lecciones aprendidas. Pero cuando los representantes de una ciudad permanecen ausentes de sus principales encuentros culturales, la pregunta sigue reclamando respuesta.
Entretanto, FELVA deja una enseñanza más importante que cualquier conclusión apresurada: una ciudad progresa cuando crea espacios para pensar. Las grandes transformaciones urbanas no nacen exclusivamente de los planes de desarrollo, de las obras de infraestructura o de las cifras presupuestales; también germinan en los lugares donde las personas aprenden a escuchar, a debatir y a imaginar futuros distintos. Por ello merece un reconocimiento especial EL PILÓN, cuya apuesta por la Feria del Libro de Valledupar trasciende la organización de un evento cultural. Durante estos días ha logrado convocar ideas, sensibilidades y conversaciones que enriquecen el espíritu ciudadano. FELVA aporta una riqueza que no puede medirse en indicadores económicos ni en estadísticas de asistencia: la riqueza intelectual de una comunidad que se encuentra consigo misma a través de la palabra. En tiempos dominados por la velocidad, el ruido y la superficialidad, abrir espacios para la reflexión constituye un auténtico acto de liderazgo cultural.
“Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído” (Jorge Luis Borges).
Por: Jesús Daza Castro






