A nadie lo reemplazan cuando las cosas marchan bien. Los cambios en un gobierno casi nunca son una casualidad; son la confesión silenciosa de que la realidad terminó imponiéndose sobre el discurso.
Hoy, con la salida sin pena ni gloria del secretario de Seguridad, Pablo Bonilla, estoy plenamente convencido de que la implementación de la Secretaría de Seguridad y Convivencia Ciudadana fue concebida más para cumplir compromisos políticos y crear una falsa percepción de seguridad, sustentada en datos espurios o insuficientemente contrastados, que para generar beneficios reales y sostenibles para los ciudadanos. Y considero que, al final, de poco o nada les ha servido a quienes promovieron esa narrativa.
Hoy, esta cartera sigue en una deuda insondable con Valledupar. Se ufanan de resultados que, a la luz de la realidad, la ciudadanía no percibe. Las pruebas no son lejanas ni tampoco subrepticias: basta con entrar a las redes sociales y encontrar, a cualquier hora del día, la cruda realidad de una ciudad golpeada por la inseguridad indiscriminada. Atracos que se han convertido en el paisaje muy cotidiano de Valledupar, homicidios derivados de hurtos, robos de vehículos y empresarios que desean vender sus negocios porque ya no soportan más la zozobra. Y podríamos seguir enumerando muchísimos casos.





