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Mi nacimiento

Mi nacimiento fue azaroso porque a mi madre la mordió un perro contagiado con mal de rabia, lo que le causó sangrado vaginal profuso y parto prematuro.

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Mi nacimiento fue azaroso porque a mi madre la mordió un perro contagiado con mal de rabia, lo que le causó sangrado vaginal profuso y parto prematuro. Rápidamente fue atendida por el médico cirujano Augusto Britton, que entonces vivía aledaño al Callejón de Pedro Rizo. Considero pertinente anotar que el doctor Britton era de raza negra oriundo de San Andrés Islas y estudió medicina en Inglaterra. Antes de llegar a Valledupar había prestado servicios en los hospitales universitarios Santa Clara y San Juan de Dios de Bogotá, donde fue pionero de cirugía torácica en pacientes con secuelas crónicas por tuberculosis y otras afecciones pulmonares. De dichos hospitales, se retiró por razones, al parecer religiosas, ya que era protestante metodista y en esos hospitales regía la religión católica apostólica romana. En el hospital Rosario Pumarejo de López de Valledupar también tuvo el mismo inconveniente.  Por lo cual, en la región del municipio de Valledupar prestaba servicios domiciliarios y ambulatorios a quienes le solicitaban atención médica.

El galeno Augusto Britton, en vista de las precarias condiciones de salud de mi madre, que requería tratamiento prolongado, le encomendó que no podía amamantar ni prodigar el cuidado que requería un niño recién nacido prematuro. Por ende, mi padre Justiniano Romero, prontamente me traslada a Guacoche y me pone al cuidado de Paulina Calvo, su otra mujer, que me recibió con el amor de madre biológica. Y en Guacoche para mi adecuada alimentación acudió a varias mujeres recién paridas que se ordeñaban y también me amamantaban.

Paulina Calvo, mujer generosa y leal me crio hasta finales de 1956 cuando murió por apendicitis aguda, diagnosticada en etapa avanzada. los médicos tratantes fueron el cirujano Manuel Gutiérrez Acosta y Hermes Araméndiz Oñate como ayudante, en la cirugía realizada de manera urgente pusieron todo el empeño posible por salvar a mi madre adoptiva de corazón y alma. A Paulina Calvo, siempre la he adorado y a Dios doy gracias por haber permitido que viviera un rato en el mundo terrenal y por conservarla eternamente en el ámbito celestial. 

En 1957, con mi hermano Hermes Augusto, comencé a estudiar la primaria en un colegio privado de Valledupar llamado Liceo Cervantes. Ambos comenzamos juntos porque mi hermano tuvo una larga convalecencia por el sufrimiento de tifo, enfermedad infecciosa agravante. Para el segundo año nos pasaron a la Escuela Parroquial de la Diócesis de Valledupar, porque la economía familiar había comenzado a declinar y en dicha escuela solo se pagaba la matrícula, cuyo costo era simbólico. Además, todas las semanas a cada alumno le regalaban arroz, harina de maíz y de trigo, aceite de cocina y leche en polvo para complemento alimenticio. Del segundo año nos ascendieron al tercero por alto rendimiento y terminamos la primaria en 1960. En 1961 iniciamos el bachillerato en el Colegio Loperena, este mismo año, por la difícil situación económica nos trasladamos a otra casa comprada con una parte del dinero de la venta de la casa donde yo nací, cuyo patio tenía salida al Callejón de Pedro Rizo y el frente tenía salida a la calle 13 (actualmente calle 17) a media cuadra del populoso y comercial sector conocido como Cinco Esquinas. El bachillerato lo terminamos en 1966 y a nuestra graduación asistió el obispo Vicente Roig y Villalba, amigo de mi madre.

Concursé para estudiar en la Universidad Nacional de Bogotá que entonces ofrecía dos opciones de profesiones a estudiar según el puntaje obtenido. Si el aspirante sacaba el puntaje requerido era aceptado en la primera elección, teniendo la oportunidad de estudiar la profesión escogida como segunda opción. Yo elegí Medicina como primera y mi puntaje no alcanzó, pero fui aceptado en la segunda que fue Veterinaria y Zootecnia. El puntaje para Medicina era muy alto. Sin embargo, no me desanimé y viajé a Bogotá con el propósito de conseguir cupo para estudiar medicina, mi soñada profesión.

Por José Romero Churio

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