He leído en forma constante a Soren Kierkegaard para poder escribir sobre la canción “Mi hermano y yo” de Emilianito Zuleta, símbolo del afecto y amor por su destino, y desde luego poder expresar que esta composición es —después de un análisis sencillo y de acuerdo con mis pocos conocimientos y con la profundidad sentimental compartida a través de la familiaridad y aprecio mutuo de nuestros padres con esa vida bohemia— más allá de un canto fraternal y folclórico, una confesión profundamente existencial.
El acordeón suena triste y alegre a la vez, como la vida misma. En sus versos simples, pero profundos, no solo se narra la experiencia de dos hermanos unidos por la música, sino que se revela la tensión esencial del ser humano: la lucha entre la alegría y la angustia, entre el gozo público y el sufrimiento íntimo, entre la vocación elegida y el peso de esa elección.
El primer verso anuncia un “viejo compromiso” de componer un son. Aquí aparece la noción existencialista de la composición. Para pensadores de esta escuela filosófica el ser humano no está definido de antemano: se construye a través de sus actos. Ese “compromiso” no es solo musical, es con su individualidad, con su yo como necesidad de expresar lo que se es. El arte se convierte en afirmación del propio ser aliado a su herencia.
Sin embargo, la libertad que permite crear también genera angustia. “Ya llegó el momento para poder cantar”, dice el verso, y con él aparece el peso de la acción. En el existencialismo, elegir implica renunciar a otras posibilidades. Cantar, crear, componer, no es un acto ligero; es exponerse. Cuando el acordeón suena, no solo produce música: revela el alma. Por eso el autor confiesa que quisiera reír y llorar al mismo tiempo. La vida no se presenta como una unidad armónica, sino como una experiencia contradictoria.
La relación con el hermano introduce otra dimensión: la familiaridad y la sangre. El “yo” no existe aislado; se reconoce en el otro. En la canción, el hermano no es un simple acompañante musical, sino el testigo de la lucha cotidiana compartida: “con quien he batallado para poder vivir”. Aquí se revela la condición humana como combate, lucha, fortaleza. Los que hemos gozado con esos instantes de los Hermanos Zuleta a través de mucho tiempo, comprendemos a fondo que más que vivir en su angustia, la vemos no como un estado pasivo, sino como un estado del alma afectiva; es una confrontación constante con el temblor de la emoción o con el dolor y con la necesidad de sostenerse mutuamente. El existencialismo se sucede en la forma concreta de ganar y perder la libertad.
La canción también desmonta la apariencia social. “La gente no sabe qué ratos tan amargos por culpa del folclor”. Desde fuera, el músico parece encarnar la alegría permanente. Desde dentro, experimenta noches sin dormir, cansancio y agonía. He aquí la identidad, la autenticidad frente a la mirada de los otros. La alegría pública encubre la angustia privada. Ellos —los hermanos Zuleta— han vivido para llenar de satisfacciones a su entorno, pero su entorno no alcanza a comprender cómo se vive interiormente y, sin embargo, el artista aparentemente inmortal, elige continuar, toma una decisión que pesa sobre su libertad que debe arrastrar con las cadenas de la angustia.
Esa elección es fundamental. “Soy un hombre incansable y vivo enamorado de mi pobre acordeón.” Aunque el camino traiga sufrimiento, el músico reafirma su vocación. El acordeón es el medio concreto a través del cual el individuo da forma a su libertad. El acordeón le hace libre, pero a su vez le encadena a defender el folclor a través de su obra.
La repetición de noches en vela, de lunas que salen en la madrugada, sugiere la experiencia del tiempo como desgaste. Reconoce que “se sufre, se goza y se vive feliz”. Esa síntesis no niega el dolor, lo integra. La felicidad no es ausencia de angustia, sino coexistencia con ella.
En definitiva, “Mi hermano y yo” es un testimonio de autenticidad. La canción afirma que el sentido no se encuentra dado: se construye en la lucha compartida, en la fidelidad al propio llamado y en la aceptación consciente de que toda libertad lleva consigo el riesgo de la angustia bajo la responsabilidad moral de un escalón de la vida: la ética que lo ha llevado a ser lo que es: un gran compositor.
Ya lo dice Kierkegaard: “el destino es la nada de la angustia”. Entonces la música vallenata en él nació de la nada. Nació con destino.
Por: Fausto Cotes N.
