El Domingo de Ramos iba rumbo a ‘Buena Vista’, corregimiento de Achí en el sur de Bolívar, un pueblito a orillas del río Cauca donde un 9 de noviembre del año 1933 naciera mi madre, ‘La vieja Chayo’. Con ella aprendí a querer estas tierras y sigo visitándolas cada vez que puedo.
Ese domingo, en dicha correría, recibí la nefasta noticia de la muerte de esa gran mujer: doña Mary Saurith de Ortega, una dama cultural, una señora de principios, esposa de mi tutor, maestro y gran amigo, el doctor Carlos Rodolfo Ortega Montero, a quien le profeso gran admiración, consideración y respeto. Por él la conocí y hoy doy gracias por ello.
De ella tengo maravillosos recuerdos. Fuimos compañeros como jurados en el Desfile de Piloneras del Festival Vallenato; la vi luchando con denuedo en la ‘Fundación Aviva’, trabajando por su viejo Valledupar al lado de doña Alba Luque. Compartimos grupos de WhatsApp; siempre fue muy dinámica y propositiva, con gestos nobles y palabras asertivas utilizadas con la intención de exaltar las calidades de las personas cercanas y con las cuales intercambiaba significaciones.
Fue una crítica generosa de mis poemas y mis notas. Siempre me invitó a que publicara mis escritos; que ya era hora, me decía. Eso me convidó a aceptar una propuesta que me hiciera Yarime Lobo Baute, para trabajar un libro con sus pinturas, en donde iba a exaltar esa capacidad de transformación en cada fecha, en la fiesta de disfraces.
Era particularmente hermoso verla haciendo uso de ese mimetismo del cual era una experta. Me correspondía en ese trabajo escribir poemas dedicados a exaltar sus valores y esa condición de mujer culta de nuestra ciudad.
Justamente el día 30 de enero pude enviarle un detalle a través del celular y se convirtió ese mensaje en el último contacto con esa extraordinaria mujer: “Mary Saurith de Ortega. Hoy le traigo este mensaje, a una mujer muy querida, con una emoción sentida, desde Dios este mensaje. Ella en cada personaje, edifica en su sentir, pues no los deja morir, vistiendo en cada ocasión, lo que dicta el corazón, en ese diario vivir”.
“Es Mary Saurith de Ortega, una dama señorial, de virtudes sin igual, que de su amor ella entrega. Y la vemos en la brega, dándose con denuedo, es mi sentir y concedo, este abrazo fraternal, y en sentido celestial, dulce y puro cual viñedo”.
Su respuesta fue inmensamente benigna y hermosa: -¡¡Qué belleza!! Guardaré esta, en el álbum de mis recuerdos, de mi amigo querido: ‘Solo eso’. -Y todas las que merece mi querida amiga del alma.
Cerramos el diálogo con algunos stickers de óptimo y bendiciones de su parte, con lo cual ratificó su generosidad y bello sentir.
Dios bendiga a esta mujer y hoy más que nunca quiero pedirle a Yarime, gran amiga de Mary también, para que continuemos en ese propósito de exaltar esa maravillosa labor de la mujer de los disfraces, la mujer de la red Colsafa, la mujer de Aviva, una de las piloneras de mayor virtud, la amiga incondicional, la esposa virtuosa; la madre abnegada, una mujer extraordinaria. Ese homenaje no da espera.
Apreciado doctor Ortega Montero, mi abrazo solidario y sentido. El recuerdo de doña Mary Saurith es indeleble y su legado invaluable. Inmortal apreciada amiga, esta nota va escrita con el corazón en la mano, lleno de dolor. Sólo Eso.
Por: Eduardo Santos Ortega Vergara
