COLUMNA

La memoria que incomoda: Jorge Mario y las deudas del silencio

A las puertas del Festival de la Leyenda Vallenata 2026, cuando Valledupar se viste de acordeones y nostalgia para rendir homenaje al Binomio de Oro de América -en las figuras eternas de Israel Romero y Rafael Orozco-, también es necesario detenerse en las historias que no suenan en tarima, pero que siguen resonando en la conciencia colectiva.

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A las puertas del Festival de la Leyenda Vallenata 2026, cuando Valledupar se viste de acordeones y nostalgia para rendir homenaje al Binomio de Oro de América -en las figuras eternas de Israel Romero y Rafael Orozco-, también es necesario detenerse en las historias que no suenan en tarima, pero que siguen resonando en la conciencia colectiva.

Una de ellas es la del compositor Jorge Mario Gutiérrez Zequeda, cuya vida ejemplar contrasta con la sombra de un episodio violento que aún hoy permanece sin el reconocimiento público que merece. Su nombre no solo debería evocarse por su talento, sino también como símbolo de una deuda pendiente con la memoria y la justicia.

En medio de la fiesta cultural más importante del Caribe colombiano, el recuerdo de Jorge Mario incomoda, porque obliga a mirar una realidad que muchos prefieren dejar fuera del escenario: la violencia que ha tocado incluso a quienes han dedicado su vida al arte, a la tradición y al fortalecimiento de la identidad vallenata.

No se trata de empañar la celebración, sino de dignificarla. Porque un festival que honra la historia del vallenato también debe tener espacio para reconocer a quienes, como Jorge Mario, representan valores de integridad, disciplina y amor por la cultura, pero que han sido víctimas del olvido institucional. Se recupera en solitario por la generosidad de Dios.

Su caso no puede quedar reducido a una anécdota. Fue un hecho doloroso que merece memoria, pero también una reflexión seria por parte de las autoridades públicas. El silencio, en estos casos, no es neutral: termina convirtiéndose en una forma de revictimización.

El vallenato ha sido, desde sus orígenes, una forma de narrar la vida, con sus alegrías y sus tragedias. Por eso, hoy más que nunca, resulta coherente que la misma cultura que canta historias de amor y de fiesta, también sea capaz de contar las verdades incómodas. Resulta inquietante que, en pleno corazón de una ciudad en crecimiento como Valledupar, existan puntos que se han convertido en referencia del miedo.

Lugares conocidos por todos, comentados en voz baja, pero que rara vez son policialmente intervenidos de manera sostenida. No se trata solo de delincuencia común; hablamos de estructuras que generan economías paralelas y que, poco a poco, erosionan la confianza institucional.

Valledupar no puede permitirse convivir con estas “fronteras invisibles”. Reconocer el problema es el primer paso, pero no basta. La ciudadanía necesita recuperar la tranquilidad de caminar sin miedo y la certeza de que ninguna zona está fuera del alcance de la ley. Quien atentó contra Gutiérrez todos saben dónde se ubica y quienes lo protegen en la cuarta, pero ningún esfuerzo mínimo se hace para aprehenderlo.

En esta edición número 59, mientras los aplausos llenan la plaza y los acordeones marcan el ritmo de la tradición, bien valdría la pena preguntarse qué tanto estamos haciendo para que historias como la de Jorge Mario no se repitan… y, sobre todo, para que no se olviden.

Porque un pueblo que celebra su cultura, pero ignora sus heridas, corre el riesgo de quedarse sin memoria. Sobrevivió por gracia de Dios y hoy camina con la fuerza de Emaús, pero mientras su fe lo devolvió a la vida, el silencio de las autoridades sigue dejando intacto el lugar donde habita la impunidad. ¡Bienvenido a la vida, Jorge Mario!.

Por: Hugo Mendoza

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