COLUMNA

¿Cómo hacer una canción?

El soporte esencial del canto vallenato es la poesía. Los compositores utilizan imágenes y metáforas para trascender el verso. Agustín Fernández afirma: “La metáfora expresa de modo intransferible e irrepetible lo que el poeta quiere decir”.

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“Para hacer una canción se necesita/ ser de buenos sentimientos y tener/ el talento literario que origina/ la grandeza y la virtud de componer”. Con estos versos didácticos se inicia el paseo ‘Cómo hacer una canción’ de Nicolás Bolaños Calderón (1952-2020), grabado por Armando Moscote y Norberto Romero (1975). Cuando el Nobel Gabriel García Márquez escuchó esta canción, en una parranda en Valledupar (1983), dijo: “Ese es el mejor decálogo que he escuchado para dar una clase de literatura”.

A los jóvenes que transitan por las sendas de la composición, respetuosamente les invito a que aprendan de los maestros, que lean poesía, escuchen buena música y no se afanen por la cantidad sino por la calidad. Revisen una y otra vez sus composiciones, a fin de que la letra no sea tan extensa, ni pierdan la coherencia de lo cantado. En efecto, el arte de la poesía cantada exige: métrica, ritmo y rima, y su vestido luminoso son las imágenes y metáforas. No tengan prisa, hagan canciones que salgan del hontanar del espíritu.

El soporte esencial del canto vallenato es la poesía. Los compositores utilizan imágenes y metáforas para trascender el verso. Agustín Fernández afirma: “La metáfora expresa de modo intransferible e irrepetible lo que el poeta quiere decir”. Esta afirmación se comprueba al leer ‘La casa en el aire’, de Rafael Escalona, elegida en 1999 como la segunda canción más escuchada en el siglo XX en Colombia, según la Asociación Musical de la Nación; la primera fue el vals ‘El camino de la vida’ del antioqueño Héctor Ochoa Cárdenas.

Aquí, unas breves descripciones de algunos compositores: Tobías Pumarejo reclama la mirada de su amada para morir bajo sus ojos. Rafael Escalona, en el bosque de su alma, escucha el pájaro que canta y no se ve. Leandro Díaz, en la soledad de la sombra, siente que Dios no lo deja. Calixto Ochoa, en la pastoral, custodia los altares y la soledad mancha el lirio rojo de su corazón. Juancho Polo, con la penumbra en sus manos, toca la elegía a su adorada Alicia. Gustavo Gutiérrez despliega un camino largo en las ventanas del viejo Valledupar. Rita Fernández, con sonrisa de gaviota, deja la estela de una sombra perdida. Adolfo Pacheco, meciéndose en una hamaca grande, ve el mochuelo pintar la nostalgia del viejo Miguel.

Carlos Huertas, en el festín de tunas y cardones, viaja en el rumor de las aguas del Ranchería por una tierra de cantores. Isaac “Tijito” Carrillo, el monarca, a quien una cañaguatera le tiñe de música el corazón. Octavio Daza, el poeta de frescura juvenil, soñó un nido de amor en las orillas del río Badillo. Rosendo Romero descubre la fantasía en un gajo de luceros y les roba los minutos a las horas. Roberto Calderón, con la sonrisa de una luna sanjuanera, hace eterno el canto por la vida. Santander Durán, en ausencia del rocío, descubre el silencio de la flor. Emilianito Zuleta, con el aroma de la lluvia, corteja a la mujer en la antesala del romance. Marciano Martínez, que por tanto jugar al amor, sin amor se ha quedado en la vida. Rafael Manjarrez, lejos de la vela del Marquesote, ve La Guajira majestuosa meterse en el mar. Julio Oñate incita las barreras de los bosques a que frenen el trote del desierto.

Por: José Atuesta Mindiola  

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