“Cuando una ciudad aprende a vivir con miedo, ha empezado a morir en silencio”.
Valledupar, la otrora cuna de la hidalguía y el sosiego, atraviesa hoy una de sus horas más oscuras. El sol, que suele abrazar nuestras calles con una calidez casi mística, parece hoy un testigo mudo y avergonzado de la sangre que tiñe el asfalto. El reciente y doloroso episodio en el barrio La Granja, donde la vida de Deivi Estrada Daza, “El Mono” Estrada, fue segada por la sevicia de la delincuencia a plena luz del día, no representa un hecho aislado, es la cristalización de una derrota colectiva. Es la manifestación descarnada de un tejido social que se desgarra ante la impotencia de una ciudadanía que ha pasado de la libertad plena al enclaustramiento preventivo.
Resulta desgarrador constatar que, en la tierra de los juglares y la resiliencia, el destino natural del hombre —la inexorable senectud que debería ser el único horizonte de nuestra finitud— esté siendo reemplazado por el plomo azaroso de un asaltante. ¿En qué momento permitimos que la muerte violenta se convirtiera en una estadística cotidiana? Ya son treinta y cuatro almas este año, treinta y cuatro universos que se apagan bajo la sombra de una criminalidad que actúa en la penumbra y también desafía al Estado. Se nos ha ido arrebatando la libertad de a poco, sin estridencias, casi con la misma naturalidad con la que se instala una costumbre. Hoy se nos recomienda prudencia, discreción, despojarnos de lo valioso antes de pisar la calle. Y en esa recomendación, aparentemente sensata, hay un eco inquietante que claudica en la resignación. Como si la ciudad aceptara que la delincuencia ha fijado las reglas, como si el ciudadano honesto tuviera que replegarse, reducirse, aprender a vivir con menos, incluso con menos dignidad.





