COLUMNA

Valledupar y la vida al precio de una cadena

¿En qué momento empezamos a aceptar que la vida vale menos que una cadena? ¿En qué punto la cotidianidad se volvió este ejercicio de cálculo, donde cada paso implica un riesgo medido, una alerta permanente?

canal de WhatsApp

“Cuando una ciudad aprende a vivir con miedo, ha empezado a morir en silencio”.

Valledupar, la otrora cuna de la hidalguía y el sosiego, atraviesa hoy una de sus horas más oscuras. El sol, que suele abrazar nuestras calles con una calidez casi mística, parece hoy un testigo mudo y avergonzado de la sangre que tiñe el asfalto. El reciente y doloroso episodio en el barrio La Granja, donde la vida de Deivi Estrada Daza, “El Mono” Estrada, fue segada por la sevicia de la delincuencia a plena luz del día, no representa un hecho aislado, es la cristalización de una derrota colectiva. Es la manifestación descarnada de un tejido social que se desgarra ante la impotencia de una ciudadanía que ha pasado de la libertad plena al enclaustramiento preventivo.

Resulta desgarrador constatar que, en la tierra de los juglares y la resiliencia, el destino natural del hombre —la inexorable senectud que debería ser el único horizonte de nuestra finitud— esté siendo reemplazado por el plomo azaroso de un asaltante. ¿En qué momento permitimos que la muerte violenta se convirtiera en una estadística cotidiana? Ya son treinta y cuatro almas este año, treinta y cuatro universos que se apagan bajo la sombra de una criminalidad que actúa en la penumbra y también desafía al Estado. Se nos ha ido arrebatando la libertad de a poco, sin estridencias, casi con la misma naturalidad con la que se instala una costumbre. Hoy se nos recomienda prudencia, discreción, despojarnos de lo valioso antes de pisar la calle. Y en esa recomendación, aparentemente sensata, hay un eco inquietante que claudica en la resignación. Como si la ciudad aceptara que la delincuencia ha fijado las reglas, como si el ciudadano honesto tuviera que replegarse, reducirse, aprender a vivir con menos, incluso con menos dignidad.

¿En qué momento empezamos a aceptar que la vida vale menos que una cadena? ¿En qué punto la cotidianidad se volvió este ejercicio de cálculo, donde cada paso implica un riesgo medido, una alerta permanente?

El discurso político que se avecina probablemente vendrá cargado de nuevas falacias dialécticas. Veremos gráficos, escucharemos cifras maquilladas y asistiremos a la presentación de “planes de choque” que no son más que peroratas vacías si no se traducen en la recuperación del espacio público. La seguridad no se mide en capturas aisladas ni en comunicados de prensa con lenguaje técnico; la seguridad se respira. Es un estado anímico colectivo que hoy, lamentablemente, ha sido sustituido por la paranoia. Mientras el ciudadano de a pie sienta el frío en la espalda cada vez que escucha el motor de una motocicleta, cualquier anuncio de éxito oficial será un insulto a nuestra inteligencia.

Nos duele el Mono Estrada, nos duele Aldair Andrés Mendoza Ortiz y nos duelen todas aquellas víctimas cuyos nombres se pierden en el ruido de la impunidad. Pedimos disculpas a sus familias porque, como ciudad, les hemos fallado. Hemos permitido que el miedo dicte las normas de convivencia. Sin embargo, Valledupar siempre ha sido gente buena, trabajadora y capaz de sobreponerse a las tragedias más atroces. Pero esa resiliencia no puede ser la excusa para que las autoridades se suman en la inacción. La empatía que hoy nos falta como sociedad debe empezar por exigir resultados tangibles, no paliativos retóricos.

La ciudad enfrenta un punto de inflexión ético y político. O retomamos el control del orden público con autoridad y justicia, o aceptamos que la ley de la calle es la que rige nuestros destinos. La libertad no es un favor que la administración nos concede, es un derecho fundamental que el Estado debe garantizar. No queremos más consejos sobre cómo ocultarnos de los bandidos; queremos una ciudad donde el honor de ser vallenato no sea un riesgo mortal, sino un orgullo que se pueda lucir sin temor a no regresar a casa. El tiempo de las palabras se agotó en el mismo instante en que se escuchó aquel disparo en el barrio La Granja; hoy, lo único que queda es la exigencia de una seguridad que devuelva a Valledupar su derecho a la paz.

La ciudad sigue, es cierto. Los días avanzan con su inercia inevitable. Pero algo se ha quebrado. Y recomponerlo exige más que voluntad retórica: exige decisión, firmeza, y sobre todo, un compromiso real con la vida. Porque ningún destino puede ser el de morir a manos de la delincuencia.

¿Hasta cuándo se sostendrá la retórica de la “normalidad” mientras las familias vallenatas siguen sepultando a sus seres queridos por el capricho de la delincuencia?

Por: Jesús Daza Castro

TE PUEDE INTERESAR