Nosotros, los seres humanos, investimos en nuestro fuero interno varias ilusiones, metas intangibles, propósitos espirituales; poseemos instantes sagrados en donde sentimos que el aire es de nuestra pertenencia y que la calle es un refugio de la voluntad, dicho espacio es el escenario donde nuestro espíritu se despliega sin atadura alguna, muchos liberamos y olvidamos temporalmente nuestras cargas pesadas. Empero, bajo el sol o el crepúsculo de nuestras transitadas calles y carreras, esa ilusión, voluntad o energía se puede quebrantar con la zafiedad de un gesto vil, despreciable y cobarde.
No es esta la primera vez que la penumbra hiere de manera tan punzante el andar de una mujer en nuestra Valledupar, historias hay como el arroz y la repetición sistemática o constante de este flagelo se ha transformado en una constante en la memoria de nuestras calles. Cada acto vil y deleznable que intenta someter la libertad femenina resuena muy latentemente como una amenaza directa que abarca la existencia de todas las mujeres de mi vida, invocando el rostro de la mujer que amo, de mi madre, de mi hermana, de mis tías, de mis primas y de cada ser querido cuyo tránsito por el mundo debería permanecer intocado por el miedo. Contemplando este dolor recurrente puedo comprender que la herida infligida a una es la sombra que se cierne sobre el seno de cada hogar, un recordatorio de la urgencia de amparar su andar como se resguarda lo más sagrado.
Sentir la mano de la tiranía sobre la piel es el hallazgo de una herida insondable, la constatación amarga de que habitamos un entorno tozudo u obstinado en confundir la presencia de la mujer con la disponibilidad de su cuerpo y de su ser. Ante tanta profanación de la dignidad, mi memoria invoca con nitidez el pensamiento de Simone de Beauvoir al recordar que el opresor jamás alcanzará tal fuerza si no encuentra complicidad en el propio escenario de la opresión. En esa misma línea, el silencio institucional de una administración local que mira hacia otro lado deviene en la forma más refinada de la complicidad. Es intolerable la parsimonia de las autoridades que contemplan el ultraje como un suceso muy menor, lo que equivale a la concesión de un fuero invisible e impune para el agresor. Gobernar mediante el murmullo o la inacción equivale a firmar un pacto tácito con la barbarie, transformando el deber de protección en una sombra que permite el constante deshojamiento de la dignidad en nuestras propias calles.





